«Nos están cazando como a moscas»

David Beriain CON LAS FUERZAS DE EE.UU. EN BAGDAD

INTERNACIONAL

VERA COSMO

Operación de limpieza con la compañía Apache La Voz, testigo de la guerra que libran los soldados de EE. UU. contra un enemigo que no ven y que cada día se cobra más bajas

20 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

ATRAPADOS. Una grúa del Ejercito norteamericano intenta rescatar a dos soldados atrapados en un blindado alcanzado por una bomba, uno de ellos muerto y el otro seriamente herido ASALTO. Los soldados de la compañía Apache limpian las casas cercanas a la explosión en busca de los insurgentes DETENIDO. Por la noche, arrestan a un supuesto miembro del Ejercito del Mahdi, un pequeño consuelo tras perder a dos compañeros El sargento Randall Young grita desesperado de dolor. Tiene las piernas rotas. A su lado está el soldado Aaron Genevie. Muerto. Están atrapados bajo los restos de su todoterreno Humvee que acaba de toparse con una bomba de la insurgencia. La explosión ha sido descomunal. El vehículo se ha levantado varios metros y ha caído boca abajo. En el suelo ha quedado un cráter de un metro de profundidad. La parte delantera del vehículo se ha volatilizado. Una pieza de unos 50 kilos que los Humvee llevan en el morro acaba de aparecer a unos cien metros. El coronel Crider, el jefe de esos hombres que están atrapados bajo los hierros retorcidos, mantiene la calma mientras llega la grúa para intentar sacarlos. Alguien trae una sierra mecánica. Los soldados se mueven inquietos alrededor del Humvee destrozado. Uno extiende una bolsa de plástico para cuando puedan rescatar el cuerpo de Genevie, pero los vivos tienen prioridad. Pasan un par de minutos. Por entre los hierros sacan a Young, que grita mientras sus piernas se balancean en ángulos imposibles, como si ya no tuvieran huesos para sostenerlas. El coronel Crider menea la cabeza: «Dos muertos en dos días». Suenan disparos y todos nos ponemos a cubierto. Los norteamericanos responden con una ráfaga de ametralladora hacia algún lugar indeterminado, hacia un enemigo invisible que ha atacado y desaparecido sin que toda la tecnología militar de EE.?UU. pudiera hacer nada para evitarlo. Los soldados parecen cansados. Apenas cuentan con unas pocas horas para dormir entre patrullas y asaltos. Normalmente unas tres o cuatro. Se mantienen en pie a base de refrescos cargados de cafeína y taurina. Descansan un día por semana y casi nunca es completo. Así quince meses seguidos. La vida diaria de los militares norteamericanos ya es dura en Irak, pero se les nota además que acaban de perder a dos compañeros en 48 horas, los primeros desde que el 14 de Caballería aterrizó en Irak hace menos de tres meses. Primero fue el soldado Steve Walberg. Un francotirador le reventó la cara cuando su unidad acudió a parar un tiroteo entre chiíes y suníes. Ahora Genevie. En todo Irak han muerto cuatro soldados en esas 48 horas. Cargar con la mitad de los muertos es cargar con mucho peso. «Nos están cazando como a moscas», dice el sargento César Robles. Pasar a la acción La artillería comienza a sonar sobre nuestra cabezas. Son disparos que aterrizan al otro lado de la ciudad. Alguien llama al coronel Crider. Ha aparecido una segunda bomba. Enseguida aparece un equipo de desactivación de explosivos y la hace detonar de forma controlada. Nos ponemos a cubierto mientras la metralla vuela por los aires. Crider ordena a sus hombres pasar a la acción. Hay que limpiar las casas de alrededor. La bomba ha sido detonada a través de un cable y ese cable tiene que llevar a algún sitio. Seguimos a la compañía Apache en su asalto a las viviendas cercanas. El capitán Cook, el hombre al mando, da la orden de entrar. Parece que todas las casas de alrededor están abandonadas. Estamos en una zona mixta en el frente de guerra entre suníes y chiíes y eso se nota a cada paso. Hace unos días, los hombres de la Apache encontraron cerca de aquí una casa con ocho cadáveres. Todos tenían un tiro en la cabeza y las manos atadas a la espalda, señales inequívocas de que fueron ejecutados como lo son decenas de personas a diario en esta guerra sectaria que vive Bagdad. Varios de ellos fueron brutalmente torturados. «Encontramos algunos a los que les perforaron las rodillas con taladros mientras estaban vivos. A otros les levantaron la tapa de los sesos y dejaron su cerebro al descubierto antes de morir. Es increíble, es asqueroso», dice el sargento Barfield. Los explosivos La radio le comunica al capitán Cook que su otro pelotón ha encontrado algo un poco más adelante. Es lo que queda del cable de detonación. Lo siguen, entran en la casa y allí no hay nadie. La rastrean. Alguien abre el frigorífico y se encuentra un buen montón de explosivos caseros. Llegan el equipo de desactivación. El jefe de la unidad menea la cabeza: «Son demasiado inestables. No me atrevo ni a moverlos. Vamos a tener que volarlos dentro». La compañía Apache se despliega por las viviendas de alrededor para cerciorarse de que no queda nadie. Patada en la puerta. Adentro. Nada. Casas abandonadas hace tiempo, mucho polvo, cajones revueltos, huidas precipitadas. Videojuegos de guerra tendidos sobre una mesa: Francotirador de élite , Piloto de combate .... Otra casa, otro asalto más. Nadie. Un olor penetrante en un jardín, como de vida descomponiéndose. Entramos anticipando lo peor. En una esquina hay una quijada de caballo pudriéndose. «¡Preparaos!», grita alguien. Apenas cinco segundos después la casa donde estaban los explosivos vuela por los aires. El polvo invade la calle. Los soldados se van. A dos manzanas de allí, los niños iraquíes juegan al fútbol y la gente compra en los comercios. Asalto Pasamos el resto del día con la compañía Apache. Hay caras largas hasta que el capitán Cook comunica a los soldados que esta noche asaltarán la casa de un miliciano del chií Ejército del Mahdi. Uno de los «malos», como les gusta llamar a los insurgentes. Solo que este, al parecer, es muy malo. «Toda la familia está implicada en los asesinatos de suníes. La madre dice a quién hay que matar, los hijos lo hacen. Buscamos al padre, que es quien coordina todo», asegura el sargento Barfield. El asalto se produce poco después de la puesta del sol. Patada en la puerta. Primera casa, la familia está en la vivienda, pero él no. La mujer dice que no sabe nada. Los soldados se distribuyen por las habitaciones. Uno sube al techo. «¡Ha saltado el muro, ha saltado el muro!», grita. El comando de asalto da media vuelta corriendo y pasa a la siguiente casa. Creen que se esconde ahí. No hay nadie en la habitación principal. Casi todos los soldados suben al piso de arriba. Nos quedamos en el de abajo, con el sargento Barfield, que vigila las ventanas y el patio con una pistola en una mano y el fusil M-4 en la otra. Enciende la luz que lleva en la cabeza. Ve algo. «¡No te muevas hijo de puta, no te muevas que te mato!», grita. Lo han encontrado. El resto de sus hombres baja corriendo y reduce al iraquí, de unos 50 años, que grita y gimotea de rabia. Le esposan las manos y le vendan los ojos. La compañía Apache ya tiene otra cara. «Al menos sentimos que así hacemos algo por nuestros compañeros caídos», dice el teniente Torres.