Viaje al «corazón» de Colombia | Supervivencia indígena en Cauca Con sólo unos palos adornados con cintas la comunidad indígena Páez ha logrado, sin pegar un solo tiro, enfrentarse con éxito a narcotraficantes y guerrilleros
21 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Un palo adornado con cintas de colores y la unión, que según dicen algunos hace la fuerza, son las únicas armas con las que 6.000 indígenas enfrentan la violencia en Colombia, y por ahora, van ganando. Hace apenas cinco años, la comunidad indígena Páez que habita en el departamento del Cauca, al suroeste del país, retomó el concepto ancestral de guardia indígena; ahora sus hazañas van de boca en boca y no es para menos: han logrado desde desmantelar laboratorios para el procesamiento de cocaína hasta liberar a un secuestrado por la guerrilla FARC. Todo esto sin pegar un solo tiro. «Todos somos guardia indígena, porque todos debemos cuidar la tierra», explica Andrés Betancurt, gobernador del resguardo de Jambaló. Y es que los miembros de esta singular guardia se denominan kiwethegna , que en lengua nasa significa «cuidadores de la tierra». Guardar la tierra va mucho más allá del mero control territorial, es más bien una forma de mantener la armonía tanto entre la comunidad como entre ésta y la Pacha Mamá . En este momento hay unos 2.500 guardias en activo, pero cuando se presentan problemas serios muchos más se unen y pueden llegar hasta los 6.000. Corredor estratégico El territorio Páez, aunque entre montañas de caminos serpenteantes flanqueados por maleza, se encuentra relativamente cerca de Cali y supone un corredor estratégico, convirtiéndose en lugar apetecido tanto por narcotraficantes como por guerrillas. En el 2000 los paeces se cansaron de tener tan cerca los laboratorios de procesamiento de cocaína pues influían negativamente en su comunidad. «Allí nos fuimos 3.000 indios a sacar las cocinas», recuerda Andrés, que por aquel entonces era miembro de la guardia. Armados con su bastón de mando, que para ellos es símbolo de autoridad, desmontaron uno por uno los laboratorios, cargaron en camiones los hornos, los bidones, los aljibe y los llevaron hasta el límite del resguardo, donde los abandonaron. La cocaína la quemaron. Los narcotraficantes se vieron desarmados ante semejante muchedumbre, aunque les gritaron que hubieran preferido que quemaran el laboratorio y dejaran la cocaína. No hubo represalias. «El bastón mide entre un metro y un metro diez, a la altura del corazón, porque la autoridad debe partir de ahí», explica Andrés. Todo es simbolismo en este curioso y adornado bastón, que ancestralmente solo portaba el the Wala o médico tradicional, quien mantenía la relación más directa con la tierra. Las cintas verdes, rojas, marrones, negras, blancas y azules representan la naturaleza, la sangre, la tierra, la muerte, la armonía y el cielo. La parte de arriba representa al hombre y la de abajo a la mujer, tres anillos simétricamente distribuidos hacen alusión a los tres mundos: el celeste, el terrenal y el subterráneo. Cuando en agosto del año pasado la guerrilla de las FARC secuestró a Arquímides Vitonás, alcalde de Toribío, la autoridad de los bastones de mando volvió a desplegarse. Trescientos miembros de la guardia indígena viajaron unos 700 kilómetros hasta el lugar donde había desaparecido su líder. «Fue muy emocionante -recuerda Arquímedes-, llegaron allá, se aliaron con la población y un montón de gente comenzó a buscarnos por todas partes». Hasta que la guerrilla lo soltó después de 15 días de cautiverio. Entre los guardias se cuentan hombres y mujeres, desde los catorce años, mayoría de edad para los paeces, hasta que se cansen. A diario deben proteger la comunidad, vigilar los caminos, mantener la unión, transmitir su cultura e ideales y, según la resolución de los cabildos, «en lo posible hablar nasa yuwe y bajo ningún concepto pertenecer a un grupo armado o ser narcotraficantes», pues automáticamente perderían sus derechos como indígenas. Andrés piensa que la guardia va a crecer cada vez más, aunque al principio los propios indígenas tenían cierta desconfianza. «¿Cómo vamos a ir a atajar a la guerrilla con un palo?», decían. Pero ahora, ya han comprobado el poder del «palo» o tal vez de su propia unión, y muchos niños quieren pertenecer a la guardia. Andrés sabe porqué: «Con un palo y sin miedo. Porque cuando uno está seguro de lo que hace, el miedo desaparece».