Adolf Hitler se suicidó en su búnker de Berlín, mientras su Reich se desplomaba. En sus últimos días mostró el odio al mundo, principalmente a los judíos, que le caracterizó.
28 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Se cumple el sesenta aniversario de la desaparición de dos tiranos. El 28 de abril de 1945 los partisanos comunistas ejecutaban a Benito Mussolini, el fundador del fascismo. Dos días después Adolf Hitler se quitaba la vida en su búnker de Berlín. A ambos les acompañaron en la muerte las que habían sido sus amantes, Eva Braun (que horas antes se casó con el Führer) y Clara Petacci. Mussolini fue un dictador cruel y brutal. Pero Hitler marcó un antes y un después. Como escribe su mejor biógrafo, el británico Ian Kershaw, su legado es «único en los tiempos modernos (tal vez Atila el huno y Gengis Khan brinden paralelos en el pasado lejano), un legado de absoluta destrucción». Fue responsable último de la muerte de los 60 millones de personas que perecieron en la Segunda Guerra Mundial. Los nazis asesinaron o mataron a fuerza de trabajo a 12 millones. Su antisemitismo patológico y liquidador provocó el Holocausto, un genocidio sin precedentes que costó la vida a más de cinco millones de judíos. Los últimos meses de su malvada existencia los pasó en el búnker que se había hecho construir a comienzos de los años 40. «La mezcla de frialdad, de voluntad destructora ajena a la vida y de patetismo operístico que determinan las últimas acciones de Hitler dejan ver muchos de sus más destacados rasgos de carácter y nada refleja con más exactitud lo que le impulsó a lo largo de su vida como su comportamiento de esas semanas», escribe Joachim Fest en su magistral El hundimiento. La obra que ha servido de base para la película del mismo título, que ha supuesto un acontecimiento sin precedentes en Alemania. «Todo está allí, condensado -continúa Fest- y acrecentado: su odio al mundo, la rígida permanencia en esquemas mentales adquiridos en época temprana, la tendencia a no pensar las cosas hasta las últimas consecuencias». En sus últimos días Hitler era un hombre enfermo, prematuramente envejecido a los 56 años, que caminaba encorvado, sufría ataques de ira y veía conspiraciones y traiciones por todos lados. No estaba dispuesto a capitular. Ya lo había dicho a principios de 1945: «Podemos hundirnos, pero nos llevaremos un mundo con nosotros». El 19 de marzo de 1945 había decretado la llamada «orden Nerón»: las infraestructuras de Alemania debían ser destruidas para que en manos del enemigo sólo cayera un «desierto civilizatorio». Como aseguró Fest en una entrevista concedida a La Voz, pese a su fragilidad Hitler conservó hasta el final «una indiscutible autoridad». Nadie se atrevía a contradecirle. Generales y oficiales curtidos cumplían sus órdenes a sabiendas de que eran disparatadas. Desde su búnker dirigía ejércitos que no existían, que tan sólo eran banderitas sobre un mapa. Había que luchar hasta el final. Incluso involucró en la batalla a los niños y los ancianos. El hundimiento debía ser total. Fest afirmó a este periódico que «al final de su vida, Hitler quiso aniquilar a dos pueblos, el alemán y el judío». Precisamente su inconmensurable odio a los judíos quedó plasmado en el testamento político que dictó poco antes de suicidarse a su joven secretaria Traudl Junge. Toda la culpa de lo que había pasado era de ellos, pero habían recibido su escarmiento. Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 disparándose un tiro en la cabeza. Cuando entraron en la habitación donde se quitó la vida sus ayudantes vieron la siguiente escena, según relata Fest. Hitler estaba sentado en el sofá de tela floreada, con los ojos abiertos, el cuerpo desplomado y la cabeza algo inclinada hacia delante. La sien izquierda estaba perforada por un orificio del tamaño de una moneda. En el suelo había una pistola del calibre 7,65 mm.. Sentada a su lado estaba su mujer, con un vestido azul, las piernas encogidas y los labios, que habían tomado un color azulado, apretados. Se había envenenado con ácido prúsico. Algunos aseguran que Hitler también lo tomó antes de dispararse. Sus colaboradores prendieron fuego a los cadáveres. Había muerto «el personaje odioso quintaesencial del siglo XX», como le denomina Kershaw. BIBLIOGRAFÍA El hundimiento. Joachim Fest. Galaxia Gutenberg. 219 páginas. 2003. Hitler. Ian Kershaw. Península. Dos tomos. 773 y 1.069 páginas. 2000. El último día de Adolf Hitler. David Solar. La Esfera de los Libros. 429 páginas. 2002. Los últimos días de Hitler. Hugh Trevor-Roper. Alba. 367 páginas. Hitler. Una biografía. Joachim Fest. Planeta. 1.231 páginas. 2005. Berlín. La caída: 1945.