Una barrera invisible separa a los «wessis» (occidentales) de los «ossis» (orientales), pero también las desigualdades económicas y sociales
08 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando uno pasaba el Muro de Berlín en los 80, desde la parte occidental a la oriental, tras ser minuciosamente registrado por policías que parecían sacados de la película de Hitchcock Cortina rasgada, se entraba en otro mundo. La opulencia capitalista, los flamantes coches, los espectaculares comercios, la deslumbrante iluminación, la diversidad en el vestir se convertían, cuando se salía a la estación que daba a Berlín Este, en desvencijados vehículos Trabant, grisura, tiendas vacías y espectrales y uniformidad. Los marcos occidentales que debían cambiarse obligatoriamente por orientales no servían para nada, no había prácticamente qué comprar. Quince años después de la caída del Muro, si despertara la protagonista de Goodbye Lenin (la celebrada película de Wolfgang Becker) -una comunista convencida que entró en estado de coma antes de la desaparición del símbolo de la división europea-, se quedaría estupefacta. Berlín Este, Leipzig y las demás ciudades orientales se han occidentalizado, han cambiado su faz y se han modernizado. Magníficos edificios de diseño han dejado en el olvido a los horribles mastodontes arquitectónicos del realismo socialista. Y mucho más importante: hay democracia, libertad y ha desaparecido la temible Stasi. Pero la nueva Alemania sigue siendo un país dividido. La división ya no es física sino mental, de forma de ser, pero también económica y social. A pesar de las inversiones multimillonarias, una barrera invisible separa a los wessis (occidentales) de los osssis (orientales), aunque la situación real de los habitantes de la antigua RDA ha mejorado de forma sustancial. Con los 1,25 billones de euros invertidos en el Este desde 1990 -una cantidad que convertida en billetes de 50 euros daría tres veces la vuelta al mundo- se han construido muchas infraestructuras y se ha abordado el pago de todo lo que supone el generoso estado de bienestar alemán. De aquí al 2019 está prevista otra inyección de 150.000 mil millones de euros. Alemanes de segunda Sin embargo, la mayoría de los ossis se consideran alemanes de segunda clase. En la calle se habla de «los de aquí» y «los de allí». Los datos avalan esa percepción, sobre todo el del desempleo, que en la ex RFA es del 8% y en la ex RDA llega al 18%. Los alemanes orientales también tienen una semana laboral más larga y salarios más bajos. Es cierto que ganan más que antes (incluso los que cobran el subsidio), pero están angustiados ante el futuro. Muchos se han ido a la otra parte del país, la más pujante. En los últimos 14 años los cinco länder (estados federales) que se incorporaron al país en la reunificación de 1990 han perdido 850.000 habitantes. Si en el Este hay un cierto desencanto y ostalgia (nostalgia de la antigua RDA, donde el Estado se ocupaba de todo), que se han traducido en el ascenso de los ex comunistas del PDS y los neonazis en las urnas, en la otra zona pasa lo mismo. Tal es así que el 24% de los alemanes del Oeste preferirían que no hubiera caído el muro por un 17% de los orientales. Si éstos se quejan de la desigualdad y de la falta de seguridad laboral, los primeros atribuyen la crisis económica actual a los astronómicos gastos de la reunificación. El draconiano plan de reformas impulsado por el canciller Schröder para revertir la situación le ha costado la impopularidad, derrotas electorales y manifestaciones de protesta, sobre todo en el Este. Una crisis, en cualquier caso, que hay que evaluar en su justo término, sin olvidar que Alemania sigue siendo la locomotora de Europa. Errores El propio Helmut Kohl, al que en su día bautizaron como «el gran reunificador», ha admitido que se cometieron errores en 1990. Los analistas señalan varios: la destrucción del tejido industrial de la RDA y cambiar los marcos orientales por los occidentales al mismo valor. Esto supuso un enorme gasto para las arcas del Estado y, además, llevó al consumismo a los ciudadanos orientales, deslumbrados por bienes que antes ni siquiera soñaban en adquirir. Cuando se acabó ese dinero fácil, vino la decepción. Los «paisajes floreciente» que prometió Kohl están por llegar. «Navegábamos fuera de cualquier rumbo preestablecido», ha dicho para justificarse. Nadie duda de que deberán pasar al menos 25 años, una generación, para que se complete la unificación.