El milagro económico que comenzó en 1978 significó la pérdida de empleo para 174 millones de personas y encareció la asistencia médica y la educación
30 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.China celebra hoy el 55 aniversario de la República Popular (1949) afrontando retos como la pérdida de crédito por la corrupción y las desigualdades sociales que amenazan el liderazgo del partido único, el Partido Comunista de China (PCCh). El aniversario coincide con el definitivo traspaso de poder de la tercera generación de líderes chinos, encarnada por Jiang Zemin, jefe de la Comisión Militar Central (CMC) hasta el 19 de septiembre, a la cuarta, encabezada por el actual presidente, Hu Jintao. Desde que el líder Deng Xiaoping inició el proceso de apertura económica en 1978 el país ha vivido la más sorprendente transformación de una economía planificada a otra de mercado hasta su acceso a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en el 2001. Un milagro económico que también ha sido fuente de corrupción para algunos oficiales, la mayoría en el seno del mayor ejército del mundo (2,5 millones de soldados), un problema con el que Hu tuvo que lidiar hasta ahora como vicepresidente de la CMC. Por otro lado, la reforma significó la pérdida de empleo para 174 millones de personas y de derechos sociales, con un precario sistema de pensiones y un fuerte encarecimiento de la asistencia médica y de la educación. Además, la libertad de prensa y los derechos humanos se hacen esperar en un país que mantiene encarcelados a 39 de los 139 periodistas presos en el mundo y que dicta 10.000 penas de muerte al año. «El régimen chino es un autoritarismo elástico. Es cierto que afronta esos desafíos, pero ha demostrado su capacidad para adaptarse y conserva un amplio apoyo social», declaró Andrew J. Nathan, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad estadounidense de Columbia. El Gobierno chino «tiene capacidad para realizar cambios y manejar situaciones nuevas, luchar contra la corrupción y dirigir su propia sucesión de poder», añadió Nathan. De hecho, la transferencia de poder de Jiang a Hu, primero como secretario general del PCCh (2002), después como presidente (2003) y ahora como líder de la CMC, ha sido la primera sucesión pacífica desde que Mao Zedong declaró la República en 1949. A pesar de esta capacidad, el 26 de septiembre, tras la sesión plenaria del Comité Central, los líderes del Partido emitieron un documento destinado a recuperar el apoyo popular en el que se citaba la corrupción como «una fuerza hostil» que podría acabar con su liderazgo. El documento enumeraba los desafíos: crecientes desigualdades sociales, declive del apoyo popular y falta de honestidad en el Gobierno. El liderazgo del Partido «no durará para siempre si no hacemos nada para salvaguardarlo», añadía este documento que evidencia la preocupación del Partido. «Tenemos aprender de los errores de otros gobiernos del mundo (Rusia) y fortalecer nuestra capacidad de liderazgo», concluía el texto. A pesar de que Hu habla de favorecer a los débiles por encima del crecimiento macroeconómico, del imperio de la ley y de reformas democráticas, desde que llegó al poder, los expertos advierten de que no se refiere a «democracia» en un sentido occidental. «No veo a Hu como un reformador democrático. Está a favor de ajustes mínimos en los mecanismos de liderazgo del Partido, en los procesos internos y en las relaciones con la sociedad. Pero no de una democracia occidental», advierte Nathan. Esta postura quedó clara en el reciente discurso de Hu ante la Asamblea Nacional Popular (ANP, legislativo) en el que descartó el pluripartidismo y la instauración de una democracia occidental en el país más poblado del mundo (1.300 millones). Según Nathan, tras el traspaso de poder, la estructura del Gobierno permanece concentrada en unas pocas manos, con un amplio consenso y con división de tareas. El liderazgo de Hu, que marca el tono en política internacional, está bien anclado en el primer ministro, Wen Jiabao, que dirige la economía, y en el viceprimer ministro, Zeng Peiyan, que se ocupa de las relaciones con Hong Kong y de la propaganda entre otras tareas. Según los expertos, la capacidad de supervivencia de un Gobierno que pasó de llamarse comunista a convertirse en un «socialismo con características chinas» radica en su capacidad de institucionalización y de legitimación ante los ciudadanos tras demostrar su capacidad de modernizar China.