Ojos pequeños vigilan a los grandes

Isabel Ramallo PEKÍN

INTERNACIONAL

ANDREW WONG

Pekín rescata métodos de la revolución cultural como usar a jóvenes de chivatos, incluso contra sus padres, para evitar que funcionarios y cargos del partido delincan

08 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

En un nuevo intento por combatir la corrupción, las autoridades chinas decidieron rescatar antiguos métodos de la revolución cultural, al animar a niños y adolescentes a vigilar e incluso denunciar a sus padres. La campaña «Ojos pequeños vigilan a los ojos grandes» comenzó ya en la provincia sureña de Cantón, pionera en reformas económicas y políticas en China, y una de las que más activamente busca cómo combatir la corrupción. El distrito de Fangcun ha «reclutado» ya a 12 estudiantes de primaria y secundaria cuyos padres ocupan importantes puestos en el Partido Comunista y en la Administración, y les ha entregado certificados de «inspectores anticorrupción». Un grupo de expertos judiciales y del Gobierno imparten cursos a los niños seleccionados en valores como «honestidad, integridad y trabajo duro», además de proporcionarles conocimientos legales básicos para vigilar el «mal comportamiento» de sus padres. El método es «innovador», según la Comisión de Inspección y Disciplina de Cantón, el organismo del Partido Comunista encargado de la lucha contra la corrupción, que ha animado a otros distritos a utilizarlo también, si da buenos resultados. Sin embargo, expertos y académicos criticaron la «similitud» del método con los utilizados por los Guardias Rojos durante la Revolución Cultural china, entre 1966 y 1976, cuando los hijos actuaban como «informantes y chivatos» de los presuntos delitos contrarrevolucionarios de sus padres. «Durante la revolución cultural se destruyeron los vínculos familiares. Aparentemente era lo que había que hacer, pero, en realidad, no era lo correcto», opina Zhang Haiqing, profesor de Ciencia Política de la Universidad Sun Yat-sen, en Cantón. Aquella época de «locura y barbarie» vio la ruptura de miles de familias, destrozadas ante las acusaciones, a veces reales y en ocasiones simplemente ficticias, de exaltados jóvenes revolucionarios contra cualquier indicio de comportamiento burgués, tradicional o simplemente «contrario al movimiento maoísta» de sus mayores. Zhang asegura que «la corrupción es un problema del sistema, que tiene que cambiar, pero, como no lo hace, las autoridades tienen que buscar nuevos métodos para combatirla». La falta de división de poderes en China, donde rige la ley del partido único, el comunista, y cuyos miembros controlan los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, es el verdadero talón de Aquiles. El entramado de intereses políticos y económicos se solapa con la impunidad con la que operan los funcionarios y fuerzas del orden, sobre todo a nivel local, donde las órdenes de Pekín llegan tarde y se respetan poco. La situación es tal que hace unas semanas las autoridades de la ciudad cantonesa de Shenzhen anunciaron un proyecto de «compensación» a los funcionarios no corruptos, que finalmente tuvo que ser eliminado por protestas. Muchos consideran que la corrupción es el peor problema de China, y el pasado mes de abril Pekín anunció el castigo de 68 altos funcionarios y directores de empresas estatales. Dentro de esa política se han juzgado a varios altos cargos, entre ellos el vicepresidente de la Asamblea Nacional Popular Cheng Kejie, ejecutado en el 2000 por haber aceptado sobornos.