Fidel Castro: 45 años de soledad

INTERNACIONAL

PABLO PILDAÍN

Análisis | Sin signos de apertura en el aniversario de la revolución cubana El régimen instaurado por el dirigente más duradero del siglo XX se ha quedado instalado en los años cincuenta, un poco como el parque automovilístico cubano

10 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Quizá el único momento interesante del por lo demás aburrido y políticamente insulso documental que Oliver Stone estrenó el año pasado sobre Fidel Castro ( Comandante , 2003) es el momento en que éste hace una demostración de su costumbre diaria de caminar compulsivamente en torno a la mesa de su despacho. Perseguido por una cámara en mano, cronometrándose a sí mismo con un reloj, Castro parece la víctima de una prisión autoinflingida, un maniático corredor de fondo que se persigue a sí mismo. Esa demostración de energía, que lo es a la vez de intransigencia y de tozudez, es genuinamente Castro. Y también la soledad, una soledad en la que ahora celebra los 45 años de la victoria de su revolución, que son también los 45 años en el poder de este hombre, el político más duradero que (sin duda, a su pesar) han logrado educar los jesuitas, el gallego que ha dejado una huella más profunda en el siglo XX. Es curioso pensar que la imagen de Castro y su peripecia han estado repetidamente unidas a esa idea recurrente de la soledad: su ingenuo enfrentamiento legal con Fulgencio Batista (de joven le llevó a los tribunales, denunciando su dictadura por «inconstitucional»); su afán por defenderse a si mismo en el juicio por los sucesos de Moncada («La historia me absolverá», dijo entonces, sin darse cuenta de que la historia no emite juicios, sino opiniones); su gesta, no menos patética por exitosa, en sierra Maestra (el número inicial de guerrilleros, doce, parecía un guiño evangélico pero era en realidad una demostración de desarraigo). Y finalmente la mayor y más larga soledad de todas, la de su triunfo: 45 años de soledad en el Caribe, en una isla rodeada de Estados Unidos por todas partes menos una: el barco de la URSS, que se trajo en sus bodegas un cuarto del PIB cubano, seguida luego de la soledad aún más profunda de un régimen desaparecido de la noche a la mañana de todo el resto del hemisferio. Y sin embargo, Castro se niega a comprender que está realmente sólo. No cabe duda de que es en parte la energía del dictador la que ha logrado sacar a Cuba del desastre del «período especial», en el que se rozó el fantasma del hambre en la isla. Es innegable incluso la considerable mejora económica de los últimos años (el crecimiento se ha cuadruplicado, cierto que en buena parte gracias al ambivalente dinero que llega de Miami). Pero el problema no es ya tanto los méritos ni los deméritos de Castro en el pasado o en el presente, las mejoras en la Sanidad preventiva y la represión de la libertad de opinión y expresión. El problema es el futuro, para el que Castro no ha preparado nada, limitándose a reiterarse a si mismo. Es un rasgo que, curiosamente, comparte con el anquilosado exilio de Miami: el régimen se ha quedado instalado en los años cincuenta, un poco como el parque automovilístico cubano, que todavía funciona gracias a la inventiva de los mecánicos, pero que está condenado irremediablemente al desguace por falta de recambios. Los que la pasada primavera firmaban manifiestos por el cambio no eran opositores pagados por el exilio sino, en buena parte, reformistas del régimen a los que Castro, en su empecinamiento, domicilió en las cárceles del país. Vueltas sobre sí mismo Como en la película de Stone, Castro parece emperrado en seguir dando vueltas en torno a su despacho, con vigor, sí, pero para acabar siempre en el mismo lugar, empeñado en no abrir un proceso que permita una transición pacífica hacia un cambio de régimen que es inevitable y que comenzará el mismo día de él deje de dar vueltas en círculo. La misma tozudez que le ha mantenido en pie es la que acabará por destruir lo que de positivo se haya construido en la Cuba castrista (mucho o poco es una discusión que dejamos a otros). Sin un puente sobre el abismo, el reencuentro de las dos Cubas puede ser verdaderamente traumático. Y todo esto por no comprender que la Historia, como decíamos, no absuelve ni condena, pero sí transcurre.