Más de 300.000 seguidores se congregaron para aclamar al nuevo jefe de Estado Con una promesa de fidelidad a su humilde cuna y la esperanza de cambio que en él depositaron más de 50 millones de votantes, Luiz Inácio Lula da Silva se convirtió ayer en el trigésimo noveno presidente de Brasil.
01 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Lula juró ante el pleno del Congreso en una ceremonia con un fuerte contenido emotivo y con asistencia de delegaciones de 118 países. Como ya es habitual en este tornero de 57 años que apenas pudo estudiar hasta el quinto grado de primaria, las lágrimas saltaron de sus ojos durante varios momentos de su discurso. Lloró cuando recordó su origen y reafirmó su compromiso con los más pobres, y también cuando declaró que la «misión» de su vida estará «cumplida» si al final de su mandato, el uno de enero del 2007, «cada brasileño puede desayunar, almorzar y cenar cada día». En Brasil «se votó por un cambio y cambio será la palabra clave» en su gobierno, afirmó ya como jefe de Estado. Los primeros diez minutos de su discurso los dedicó al hambre que azota a entre 25 y 50 millones de brasileños. Recordó la miseria de la región en la que nació y de la que huyó junto a su familia para «no morir de hambre», y convocó a todos los sectores del país a encarar una «auténtica cruzada contra ese flagelo». «En un país con tanta tierra fértil no debería hablarse de hambre pero muchos en Brasil sobreviven milagrosamente»,», dijo. También reiteró que el fortalecimiento del Mercosur, la unidad de Sudamérica y toda América Latina serán sus principales prioridades. Entre otros, lo escuchaban los jefes de estado de Argentina, Bolivia, Cuba, Chile, Uruguay, Perú y Venezuela; los presidentes de Portugal y Sudáfrica, y los primeros ministros de Suecia y Serbia, así como el príncipe Felipe. Lula reiteró que el Área de Libre Comercio de las Américas, promovida por EE.UU. y que deberá entrar en vigor en el 2005, deberá favorecer «los intereses de todos», de otro modo «no le servirá a nadie». Abogó por «democratizar» las relaciones internacionales y anunció una «lucha contra el proteccionismo y a favor de la eliminación de las barreras comerciales y los escandalosos subsidios agrícolas» que conceden los países desarrollados, pues son «obstáculos» para el progreso de los países pobres. Antes de jurar como presidente, Lula disfrutó de un auténtico baño de multitudes. Su recorrido hasta el Congreso fue obstaculizado por numerosos simpatizantes que esperaron durante horas para saludarlo. La caravana oficial fue seguida por decenas de vehículos tocando sus bocinas. Frente a la catedral, Lula se encontró con su vicepresidente, José Alencar, y cambió su coche por un Rolls Royce descubierto. Bajo una tenue llovizna, ambos saludaron a una multitud que distintas fuentes calcularon entre 300.000 y 400.000 personas, vestidas con el color rojo que identifica al Partido de los Trabajadores (PT), que Lula fundó en 1980. Según resumió en su discurso de investidura, «hoy (por ayer) Brasil se ha comenzado a cumplir el sueño de muchas generaciones» y será recordado como el día del «reencuentro del país consigo mismo».