El ex-presidente demócrata confía en que su visita a Cuba sirva para mejorar las relaciones entre La Habana y Washington Hace 22 años, el inquilino de turno de la Casa Blanca proclamaba que Estados Unidos recibiría «con el corazón y los brazos abiertos» a todo cubano que decidiera cruzar el estrecho de Florida. Las manifestaciones de Jimmy Carter se producían antes de que el puerto isleño de Mariel se convirtiera en origen de un éxodo histórico. El ex-presidente demócrata cruzará ahora el estrecho, en dirección contraria a la de los «marielitos», para hacer también historia. El que le recibirá con los brazos abiertos será Fidel Castro. Después de todo, Carter se convertirá hoy en el primer ex-presidente de EE UU que viaja a Cuba desde la Revolución de 1959.
11 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.La visita de Jimmy Carter a la isla ha despertado una expectación propia de los eventos más extraordinarios. El disidente Elizardo Sánchez Santa Cruz, presidente de la ilegal pero tolerada Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, ha llegado a compararla con la que el Sumo Pontífice protagonizó en 1998: «El viaje (de Carter) estará a nivel del de Juan Pablo II, aunque tendrá un carácter más terrenal». Extraordinario porque, a pesar del transcurso de casi cuatro décadas, entre Washington y La Habana media un océano de incomprensión. Y porque si pocos son los ingenieros que se han aventurado a intentar tender un puente entre los dos países vecinos, ninguno antes había pasado por el Despacho Oval. Nadie sabe con exactitud qué podrá aportar a ese ansiado puente la visita de Carter. Serán cinco días durante los cuales Castro ha prometido que su huésped podrá hablar con libertad y con quien quiera. Con el presidente cubano se reunirá al menos en tres ocasiones. Y a los disidentes y asociaciones religiosas les dedicará toda la jornada del jueves. Sin embargo, como los puso Sánchez Santa Cruz, «no espero ningún milagro». Léase, ni la Administración estadounidense ni el Gobierno cubano van a dar un golpe de timón a sus respectivas políticas porque el ex-presidente más identificado con la causa de los derechos humanos ponga pie en tierras castristas. El Departamento de Estado ha pedido a Carter que inste a su anfitrión a «una transición rápida y pacífica hacia la democracia» y a que «respete las libertades de expresión y asamblea del pueblo cubano». Paralelamente, el mismo ministerio estadounidense se encargaba de alimentar la discordia acusando esta semana al Ejecutivo cubano de fomentar programas de armas biológicas. El exilio de Miami, por su parte, ha calificado de «preocupante que usted (por Carter) haya entrado en conversaciones con el régimen cubano», en palabras de la Fundación Nacional Cubano Americana. Pero habida cuenta de la inevitabilidad del viaje, ha añadido: «Confiamos en que usted se decida a identificarse más con los prisioneros políticos que con sus guardianes». Y el propio Carter, sabedor de que hacer historia no es sinónimo de eficacia, se ha propuesto simplemente «aprovechar la oportunidad para mejorar las relaciones entre Estados Unidos y Cuba».