El apocalipsis permanece todavía en la Zona Cero

La Voz

INTERNACIONAL

Las montañas de escombros de las Torres Gemelas son ya prácticamente dunas

30 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

ÁS de mes y medio de incesante laborío no han logrado borrar todavía el panorama desolador del Bajo Manhattan. Las montañas de escombros creadas por el desmoronamiento de las Torres Gemelas son ya dunas. A los edificios de las inmediaciones les han lavado la cara. Ya no parecen espectros surgidos de una crepuscular tormenta de arena. Los hordas de periodistas se han desvanecido. Pero el espectáculo es aún apocalíptico. Durante el día, la Zona Cero es destino de peregrinos. La multitud de curiosos, empeñados en constatar el horror con sus propios ojos, se funde con riadas de trabajadores del distrito financiero. Desde la esquina de las calles Cedar y Broadway, pueden casi tocar los restos del peor atentado de la historia. Las mangueras de los bomberos arrojan agua constantemente. A pesar de ello las informes pilas de acero y placas de hormigón aún humean. Como si insistieran en recordar que el fuego del odio tardará mucho en apagarse. Pero es al anochecer cuando el vacío y la desolación sacan pecho. Los espectadores desaparecen. Los actores, sin embargo, continúan su trabajo. Piedra por piedra. Son como pequeñas hormigas. Se mueven entre atronadoras piezas de maquinaria pesada y brutales camiones que se llevan el desastre sobre sus lomos. Por encima de hombres y vehículos se yerguen cuatro grúas ciclópeas. De raer los escombros con peines se ha pasado a emplear sin miedo frías dentelladas mecánicas. Las grúas no tienen ojos. Los «bulldozer» no distinguen entre el plástico y la carne. Pero ya no es necesario ser selectivos. Muy de cuando en cuando se encuentra algún cadáver -sólo se han confirmado 529 muertes, frente a un total de casi 5.000 desparecidos-. Sin embargo, la búsqueda de restos humanos se ha alejado de la Zona Cero. Se ha desplazado hasta Staten Island. A un vasto vertedero al que se llevan los esqueletos de los rascacielos. Allí, los investigadores intentan descubrir pistas. Los forenses, recuperar restos humanos que ayuden en la identificacion de nuevas víctimas. Del Bajo Manhattan no se ha ido el olor a muerte que se acumula desde el 11 de septiembre. Todos saben que en lo que fue el World Trade Center se esconde mucha carne quemada. Aunque nadie quiera recordarlo. A pocas manzanas, las limusinas han comenzado a aparecer ante restaurantes tan afamados como Nobu, del actor Robert de Niro. Otros, menos distinguidos, se llenan con incondicionales que, cerveza en mano, siguen por televisión la final de la liga de béisbol. Los Yankees de Nueva York se enfrentan a los Diamondbacks de Phoenix. «No olvidaremos», reza un cartel tras la barra de Walkerïs, el pub que vigila la entrada de la última residencia de John John Kennedy. En el mismo cartel hay una fotografía de las Gemelas. Digan lo que digan, nadie quiere recordar constantemente. Incluso si el precio es una pinta de rubia espumosa a pocos metros de una fosa colectiva.