JAIME MEILÁN NUEVA YORK. Corresponsal Los analistas y expertos estadounidenses se esmeraban ayer en dar muestras de la supuesta ingenuidad que les atribuye medio planeta. La pregunta de la jornada era: ¿Cómo un piadoso padre de seis criaturas, que cada domingo acudía a misa, pudo convertirse en un topo del enemigo? Al parecer, aún ahora están despertando a la noción de que los formalismos religiosos y los vicios privados no son necesariamente incompatibles. Los americanos de a pie, sin embargo, se entretenían con una historia de espionaje digna de la mejor ficción literaria. Porque el espía en cuestión, Robert Philip Hanssen, se esmeró durante unos quince años en veder secretos a la URSS, primero, y a Rusia, después, con una habilidad asombrosa. Tal era su conocimiento del mundo de la inteligencia que ni siquiera los beneficiarios de su doble juego llegaron a conocer nunca su identidad. Hanssen ofreció sus servicios a la KGB en 1985, cuando servía al FBI en sus oficinas neoyorquinas. Tres fueron los seudónimos con los que se presentó -B, Ramón García, o simplemente Ramón-, y con los que se entendió durante tres lustros con la inteligencia de Moscú. Era ese anónimo Ramón el que periódicamente depositaba documentos o información clasificada en algunos parques de Virginia. Un inocente corte de esparadrapo en ciertas marquesinas o postes servía de señal anunciando el envío. Vocación temprana Era ese Ramon el que después recogía otras bolsas llenas de billetes de cien dólares. En ocasiones, de diamantes. Pero el topo no actuaba sólo por motivos económicos. Según explicó en una de sus cartas a Moscú, su vocación surgió a los catorce años, cuando leyó la historia del británico Kim Philby. Es decir, del más famoso espía de su majestad que trabajó al servicio de la KGB y se retiró en Rusia. Hanssen o Ramón, tocaba ya con las puntas de los dedos su retiro dorado. En su haber consta el haber revelado a la KGB el nombre de tres de sus agentes fichados secretamente por el espionaje estadounidense. Dos de ellos fueron llamados a Moscú y ejecutados. George Bush advirtió a todos los que quieran emular a Ramón: «Os encontraremos y os entregaremos a la Justicia». Aunque se tarde quince años.