Torre Eiffel: ¿Qué sería de París sin su icónica torre?

La «gran dama de metal» debía ser desmantelada veinte años después de su construcción, pero la ciencia la salvó de su destino


Redacción

Una postal de París sin la Torre Eiffel es casi una excepción a la regla. Símbolo de la capital gala y de Francia en general, la «gran dama de hierro» ha conseguido un éxito que nadie imaginaba en el momento de su construcción en el año 1889. 126 años después de su inauguración, y con siete millones de visitantes cada año como principal aval, la Torre Eiffel sigue más viva que nunca. Nadie imagina hoy en día la «ciudad del amor» sin su gran icono. Pero la historia de la férrea estructura no pintaba de la misma forma en sus inicios. Y es que la Torre Eiffel debía ser destruída tan solo 20 años después de su construcción. Un efímero futuro que su padre, el ingeniero civil Alexandre Gustave Eiffel, supo cambiar con gran inteligencia.

En realidad fue la ciencia fue la encargada de cambiar el sino de la Torre Eiffel. Desde la presentación de su proyecto en el año 1886, Gustave Eiffel sabía que solo ofreciendo su preciosa obra a la investigación conseguiría salvarla y alargar su marcada -y corta- esperanza de vida. Decretado su desmantelamiento tan solo dos décadas después de ver la luz, la Torre Eiffel fue presentada ante las autoridades como el gran experimento científico francés.

Así, la Torre Eiffel se reconvertiría en un laboratorio de metal sobre el que realizar toda clase de observaciones meteorológicas y astronómicas, experimentos de física, un lugar estratégico de observación, un puesto de comunicación por telégrafo óptico, un lugar de estudio del viento; así como un faro para el alumbrado eléctrico. «Para todos será un observatorio y un laboratorio como ningún otro que se haya puesto a disposición de la ciencia. Razón por la cual, desde el primer día, todos nuestros científicos me han animado con sus mayores simpatías», aseguraba Gustave Eiffel en su claro intento de perpetrar la vida de un auténtico icono que hoy en día se ha convertido en lugar de peregrinaje para todos los visitantes de la ciudad europea. Y no fue solo una promesa.

Desde 1889 y hasta hoy en día, la Torre Eiffel se utiliza como laboratorio de mediciones y experimentos científicos de toda índole. La instalación de muy diversos aparatos -barómetros, anemómetros, pararrayos...-, así como la oficina que el mismo Gustave Eiffel reservó en la tercera planta para la realización de observaciones de astronomía y fisiología han convertido a esta construcción de hierro de 300 metros de altura en uno de los laboratorios científicos más bellos del planeta.

El padre de la «gran dama de metal» sentía verdadera pasión por la aerodinámica; una querencia que le animó a convertir a la Torre Eiffel en uno de los grandes laboratorios sobre la caída de los cuerpos. Entre los años 1903 y 1905, se instalaron una serie de dispositivos de caída con los que Gustave Eiffel ideó un sistema automático que se deslizaba por un cable tendido entre la segunda planta de la torre y el suelo. Ayudado de un pequeño túnel de viento a los pies de la torre, el ingeniero realizó más de cinco mil ensayos. A partir de ahí, promovió un sinfín de experimentos científicos: el péndulo de Foucault, el manómetro de mercurio, estudios de fisiología y conexiones de radio...

Pero nada de eso aseguraba la supervivencia de la Torre Eiffel, y eso que en su contrucción se inviertieron más de dos años y a 250 trabajadores. No sería hasta la llegada de una gigantesca antena cuando la gran creación de Gustave Eiffel firmaría su eterno futuro. A pesar de que los primeros experimentos en 1898, cuando Eugène Ducretet realizó los primeros intentos de telegrafía sin hilo entre la Torre Eiffel y el Panteón, ya apuntaban a la salvación, habría que esperar hasta 1903 para que Gustave Eiffel viera por fin recompensado su esfuerzo.

Es en este año cuando el ingeniero francés propone al capitán Gustave Ferrié, quien entonces se encargaba de estudiar las aplicaciones militares de la transmisión sin hilos, la utilización de la Torre Eiffel para sus experimentos. Seis años después, se instala una estación subterránea de radiotelegrafía militar, con la que se demuestra por fin el interesante valor estratégico de la torre.

Con un buen puñado de razones en la manga, Gustave Eiffel consigue que el municipio de París renueve la concesión de la Torre Eiffel sellando así el futuro del que sin duda es uno de los lugares más visitados del planeta. Solo hay que armarse de paciencia y subir sus 1.665 escalones o decantarse por uno de sus ascensores -aunque usando las escaleras sólo es posible acceder hasta las dos primeras plantas-, para ver la capital francesa a vista de pájaro desde sus imponentes 300 metros.

Muchos, al conocer esta historia, se preguntan qué sería de la capital francesa sin su icónica Torre Eiffel vigilando toda la ciudad y visible desde casi cada punto de la geografía parisina. ¿El mejor momento para subir? O a primera hora para evitar las temibles colas, o al anochecer para disfrutar de las mejor vista nocturna de París, que para algo es la ciudad de las luces.

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