El último golpe de Paco el de los brillantes

Tres ladrones madrileños se instalan en A Coruña para preparar durante semanas un robo en una joyería. El trabajo sale a pedir de boca, no así la huida


Redacción / la Voz

Paco el de los brillantes se dedicaba a pulir piedras preciosas, pero en jerga ladronesca. Quemado en Madrid, donde había estado a la sombra alguna que otra vez a causa de su arte incomprendido, un buen día agarró a dos compinches, Antonio e Iniesta, y se los trajo a A Coruña a explorar nuevas fronteras.

Era Francisco Torrecilla (o «Francisco Sánchez Toca o Feliciano Celeiro Fernández... que aún a estas fechas no se sabe a ciencia cierta cuál es su verdadero nombre») de «regular estatura, simpático, de buena presencia [...], enjuto de carnes» y «sujeto de mucha sorna [...], cuco y avezado». Hizo pasar a su pequeña banda, ya instalada de fonda, por un trío de tratantes caballos.

Para sostener la tapadera, «se entendieron con diferentes conocidas personas, entre ellas un tal Ángel das Tablas, vecino de un punto cercano a Betanzos». Y al fin «pensaron él y sus compañeros en dar un golpe de mano» en una joyería que estudiaron bien.

Compraron «dos llaves sin desbastar. Obtuvieron, a la caída de la tarde, moldes de las cerraduras de las puertas exterior e interior» del negocio. Todas las noches «íbanse juntos hacia las peñas de Riazor, para trabajar allí en el arreglo o confección de las llaves». «Listas al fin las herramientas, decidieron [...] realizar el robo». Uno se presentó en el local en tres ocasiones, en el papel de cliente.

La madrugada del domingo 25 de marzo de 1902, «a las cuatro [...] penetraron en la tienda. Hicieron el robo con toda tranquilidad, y aún permanecieron durante media hora fumando cigarrillos, en espera de que no transitase nadie por la calle para salir». Mientras Torrecilla e Iniesta se deshacían de las armas del crimen por vía marítima, Antonio volvió a la posada y preparó «un baúl que días pasados habían comprado y a medio uso», y lo envió «a la estación en un coche».

«Pájaros que volaron»

«En el tren corto de las siete habían salido ya para Betanzos Torrecilla e Iniesta. Allí se les reunió Antonio, que salió en el tren mixto». Y continuaron hacia Madrid. La huida se fue al traste cerca de León. «Contaban, al dar el golpe, con que la joyería no había de abrirse el domingo [...] y que por consiguiente el robo permanecería ignorado» hasta el lunes. Pero no fue así. Por la mañana un empleado se acercó al establecimiento y se descubrió el pastel. En un santiamén, las fuerzas del orden estaban sobre aviso.

Cuando una pareja de guardias subió al tren, Torrecilla «iba tendido a lo largo de un asiento [...], arrebujado en una manta y fingiendo dormir». Debajo llevaba una maleta grande. Un cabo «pronto echó de ver que faltaban dos viajeros [...], porque apareciendo sobre dos de los bancos otras tantas mantas [...], ninguno de los viajeros dijo que [...] eran suyas».

Torrecilla, «inmóvil en su banco, continuaba sin chistar». «Aquí hay otra maleta», dijo un guardia al ver la de Paco, que «sin moverse, ni descubrir la cara, que ocultaba en la manta, alargó solo un brazo y exclamó: ‘‘Es mía’’». Fue interrogado y «se fingió sorprendido [...]. Enseñó al cabo una cédula personal [...] a nombre de Francisco Toca Sánchez. Y con aire indiferente, como si allí no hubiese pasado nada, cogió su maleta [...] y abriendo la portezuela más próxima se dispuso a saltar al andén de la estación de Torneros, cuando allí paró el tren». No pudo. «Ya la Guardia Civil se había escamado». Y abierto el maletín, «se vio que estaba lleno de alhajas». «Usted no sale de aquí», le dijo un agente «a Toca, Torrecilla o como se llame».

Fue enviado a la cárcel de A Coruña. El 18 de junio entró «en el calabozo número 4, por vía de castigo». «Solo se le da como alimento pan y agua, lo cual no sabemos hasta qué punto estará permitido por los reglamentos». El 7 de febrero siguiente se celebró el juicio, que fue «relativamente breve». El procesado, «cantando claro, facilitó mucho la misión de los jueces. No negó nada». Se inculpó «él singularmente de todo lo hecho» y rehusó perjudicar «a los dos colegas declarados rebeldes». Las alhajas robadas «fueron tasadas en 39.288 pesetas. Los daños causados [...], en 11».

¡Viva la Pepa!

El fiscal «pidió que se le impusiese la pena de 11 años de prisión mayor con las accesorias correspondientes», a lo que el tribunal accedió en la sentencia.

Diez años después de su último golpe, Torrecilla apareció en la lista de los presos propuestos «para aplicar el indulto concedido por el Rey [...] con motivo del centenario de las Cortes de Cádiz», y el 5 de diciembre de 1912 se decretó «su inmediata libertad».

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