Cándida Quiroga, de 90 años, y su nieta Sofía, de 24, reflexionan sobre el Celta como vínculo entre ambas y sobre el papel de la mujer en el fútbol
08 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Cándida Quiroga es la abonada número 84 del Celta y tiene 90 años. «Todos los días me dicen que no los aparento», cuenta presumida. Donde nadie se lo imagina es en la previas de los partidos, que no perdona junto a su hijo y sus nietos. «Es nuestro ritual. Si alguien piensa en una mujer de 90 años, no se imagina una como ella. Es diferente, socializa con los jóvenes con su milnueve en la mano», relata Sofía Sola (Vigo, 2002), una de las herederas de su celtismo. Una mujer de otra época, pero que comparte su pasión.
A través de las vivencias celtistas de una y otra, juntas y por separado, se constatan cómo ha cambiado el papel femenino en el fútbol, en lo que a la afición se refiere, con el paso de los años. «Me aficioné porque mi marido jugaba. Tenía 17 años y las cosas no eran como ahora», recuerda Quiroga. Porque Sofía lleva siendo socia desde los cinco años y yendo a Balaídos desde antes. «Me lo inculcaron mi padre y mi abuela. Mis primeros recuerdos son comiendo pipas en la grada con mi amigo Antón y allí estaba mi abuela», cuenta con orgullo.
Cuando Cándida comenzó a frecuentar el estadio, la presencia femenina era muy minoritaria. «Las mujeres éramos una puñetera mierda. Los jóvenes de ahora no lo saben ni se lo imaginan. Había muchísimas menos, muy pocas. Yo siempre fui un poco rebelde», dice ejemplificándolo también con que tenía un Renault 8 con el que llevaba a sus hijos al fútbol o a la playa cuando era poco frecuente ver mujeres al volante. «Me encanta ver los cambios que hubo y que mi nieta los disfrute, pero también le digo que hay que saber apreciar lo que tienen», reflexiona.
Sofía confiesa que de pequeña no se detenía a pensar en que las chicas eran minoría en el campo, pero se ha dado cuenta con el paso del tiempo y a medida que era testigo de la evolución. «De pequeña, no recuerdo ninguna mujer alrededor. Éramos mi abuela y yo. Suena feo, pero aún había esa idea de que el fútbol era más de hombres. Ahora, se ve mucha mujer en la previa. Incluso mujeres mayores que vienen de fuera de Vigo», celebra que sea algo completamente normal.
Pero con independencia del sexo, Cándida es una mujer especial. También por su manera de vivir el celtismo. «Hace cosa de un año, estuve ingresada y durante la semana ya le repetía a la doctora que el domingo me tenía que mandar a casa, que yo quería ir al partido», recuerda. Aunque dice tener sus «cositas», está bien de salud y no existe la pereza cuando se trata de Balaídos. «No sé explicarlo, pero me gusta el fútbol y me gusta el Celta. Con el cine, es lo que más disfruto. E igual que cuando vas al cine te puede salir una película buena o mala, con el partido es lo mismo», asume.
Su pasión celeste no ha cambiado, y asegura que sigue incluso partidos de la cantera, pero sí se lo toma con más filosofía cuando las cosas no van bien. «Hubo una época en que yo recuerdo que sí se enfadaba, pero ahora tiene ese sentimiento de aceptar que es así y que solo ir al campo es un regalo», señala Sola. A ella y al resto de la familia les quiere inculcar la matriarca su planteamiento para que disfruten más. «Alguna vez que mi hijo se ponía un poco acalorado en un partido, le decía: ‘¿Pero tú eres tonto?’», se sincera entre risas. «Ya no tengo esa cosa ciega de la gente joven. El otro equipo siempre juega y vas a perder muchas veces».
Lo que está claro es que el Celta es uno de los vínculos entre abuela y nieta, separadas por más de seis décadas. «La unión es muy fuerte. Vivió con nosotros muchos años y ya no, así que ir a Balaídos es, entre comillas, una excusa para pasar tiempo juntas». No sabe lo que es ir a ver al Celta sin ella; Cándida sí lo sabe, como sabe que ahora que sí está su nieta es todavía mejor.