¿Cómo nace la afición por el Celta?

Celtistas de distintas edades y procedencias cuentan los porqués de su pasión celeste coincidiendo con el 95 aniversario


Vigo / La Voz

¿De dónde nace la afición por el Celta? Es una de esas preguntas que probablemente puede desencadenar tantas respuestas como personas contesten. Lanzada en los perfiles en redes sociales de Grada de Río (Twitter / Facebook / Instagram) en vísperas del aniversario que el club celebra hoy, han sido dispares, pero incidiendo en algo común: fuera como fuera el inicio, la pasión por el equipo se les metió dentro. La explicación de Centolos Celestes es una síntesis de otras: «Somos celtistas polos amigos, polos bares e pola festa; máis tamén o somos pola afouteza, polo corazón, pola nosa terra, por Vigo e por Galicia».

Hay quienes aseguran desde que ya eran «un espermatozoide celeste» a que «el vientre materno olía a celtismo». En muchas ocasiones viene de la familia, si bien hay quienes precisamente se aficionaron por llevare lla contraria algún pariente - «por tocarle la moral a mi padre, que es del Deportivo», dice Adrián Costas- o hasta al aprovechar que el hermano mayor no quería ir al partido. Sin olvidar a los que llegaron por el fichaje de un ídolo suyo o a los que se sintieron atraídos por los colores del Celta o por sus valores.

Aunque el grueso de los celtistas sean gallegos, existen un sinfín de ejemplos que demuestran que no es requisito imprescindible. Conocido es el del ruso Sergey Klepalov: «El Zar es mi ídolo y me convirtió en lo que soy. Desde que él llegó al Celta, mi corazón vive en Vigo», explica. O el del japonés Hidetoshi Mori, cuyo ídolo era Mazinho desde antes de que llegara al conjunto celeste. Hay más futbolistas que desencadenaron el celtismo en sus países con sus fichajes.

Otra historia curiosa es la de Íñigo Pereira, bilbaíno de padre deportivista que intentó inculcarle la pasión por el fútbol sin conseguirlo inicialmente. «En unas vacaciones en el 2000, con doce años, se le ocurrió llevarme a Balaídos. No le busquéis un porqué, pero Vigo y el Celta me calaron tan dentro que supe que acabaría en esta ciudad». Y lo hizo: desde hace cinco años vive en Vigo con su pareja, Raquel, una celtista a la que conoció en San Mamés.

Hijos de emigrantes a países como Colombia o Argentina también han dejado sus testimonios en las redes de Grada de Río. «Soy celtista por mi abuelo. Llegó a Argentina en el 56 y hablaba de Vigo y de su Celta siempre. Cuando tuve ocasión de pisar Balaídos por primera vez en el 2010 supe que mi corazón era celeste», dice otro aficionado.

En el caso del palentino Óscar, asegura directamente no tener ni idea: «No soy gallego, no vivo en Galicia, vivo en Castilla y León, en un pueblo de Palencia. El Celta, como es normal, aquí no tira, pero yo desde pequeño, siempre me encantó! Este año iré a Zorrilla y me juntaré con vosotros. ¡Grandes!», exclama. Desde Málaga, Ignacio Conde se enganchó en el 2015: «Me atraían los colores, el escudo. Me dio por ver algunos partidos y ahora les sigo como un aficionado más».

Muchas pasiones celestes comenzaron en el mismo Balaídos, al que unos celtistas recuerdan haber ido las primeras veces con más ganas que otros. «Me llevaban de pequeña y mi interés no era mucho, pero con el tiempo fue creciendo. Con este equipo lloré, grité y me ha dado momentos que nunca olvidaré. Soy celtista desde que nací y lo seré hasta que me muera», dice Andrea Fernández Teijeira. Lo de Nico Fernández tampoco fue flechazo: «De pequeño no me gustaba, pero al final se ha convertido en parte de mi vida».

Suele decirse que la afición a los equipos se dispara cuando las cosas van bien, pero de los momentos duros también surgen adeptos, como demuestra Rafa Abelleira. «Soy celtista desde la final de Copa de 1994. Recuerdo lo que lloré con el penalti de Alejo, se despertó en mí un sentimiento que me acompañará toda la vida», dice este aficionado al que le habían regalado en su día una camiseta del Deportivo y otra del Madrid. Jacobo Mouriño es otro que se rebeló contra los grandes: «Era como moitos nenos, ata que me dei conta de que hai que ser dos da casa e sofrindo en Segunda fíxenme socio».

Vícto Ces pertenece al grupo de quienes comenzaron simpatizando con otros clubes. «Era fanático del Madrid de niño y en el partido del Xacobeo 98 en Santiago me enamoré del Celta que ganó 3-0», celebra. Por el contrario, Lina Rm nació «con la bandera del Celta». «Mi padre venía desde Vilagarcía en tren con su padre. Hoy tendría 98 años», dice. Porque recordar los orígenes del celtismo es, en muchos casos, evocar a quienes ya no están. «El padrino de mi hermano me llevó la primera vez y todo es gracias a él. Me haría ilusión volver con él, pero allá donde esté, sé que hay un celtista más».

A Fran su tía, trabajadora del club, le pagaba el abono como regalo de Reyes cada año. Y a José González, su padre marinero aprovechaba cada vez que estaba un mes en casa tras cinco embarcado en un petrolero para llevarle a Balaídos: «Era muy pequeño y aquello era maravilloso». David Bao también es de los que lo recibió de su familia y lo transmite: «Cada domingo que jugaba en casa, a Balaídos; y cuando era fuera, nunca olvidaré los nervios pegados al transistor. Ahora les toca a mis hijas».

Ignacio defiende que el celtismo «se lleva en la sangre y no aparece de la noche a la mañana. Es como el amor de tu vida, algo muy especial». De hecho, hay quien como José A. Paredes recuerda «ir a Balaídos nada más aprender a andar». Otro que se inició pronto es Marcos Figueroa: «Recuerdo ver un Celta-Real Sociedad en Pasarón lloviendo a cántaros. Tenía 2 o tres años» y estábamos de pie en la grada». Hay más anécdotas relacionadas con las dificultades para ver al equipo: «Iba los domigos en bici con la grada de Río tirada y me subía a la bici para verlo desde la valla con deiz años. Ahí empezó el idilio», relata Txavi Correa.

No son pocos los que se centran en el significado del club que les hace identificarse con él. Como Santiago, que expresa: «Soy celtista por llevar Vigo por el mundo, porque si caemos nos levantamos más fuertes, por los goles de Vlado y Iago, los regates de Mosto y Gustavo, el coraje del Toto y porque, ¡qué carallo, o Celta é a hostia!».

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