Una vida celeste entre canastas

Carlos Núñez Gayoso, historia viva del baloncesto vigués, es socio histórico del Celta de fútbol


Vigo / La Voz

Carlos Núñez Gayoso, 86 años, no solo presume orgulloso de tener el carné de abonado del Celta número 43, sino que reivindica que no le tuvieron en cuenta «el año de la mili» y que, de lo contrario, «debería ser todavía más bajo». Pero además, este socio histórico no es únicamente hombre de fútbol; es más, su nombre está estrechamente ligado a la historia del deporte vigués gracias al baloncesto, aunque como aficionado haya sido desde su infancia un incondicional del conjunto de Balaídos.

«El Celta es lo máximo para mí en el deporte... aparte del baloncesto. Jugué 21 años, luego fui entrenador y obtuve el título superior, con el que puedes entrenar a los clubes de la élite. Y un equipo mío fue campeón de España», recuerda con satisfacción. Aunque jugó también al balonmano, al fútbol e incluso al hockey, una lesión en una pierna le condujo hacia la canasta: «Era un deporte más liviano», valora. Comenzó en los Maristas y durante muchos años el mítico Ademar, del que también fue presidente, era inseparable de su nombre. Mientras, la pasión celtista le acompañaba siempre.

Cuenta Núñez Gayoso que tuvo claro que lo suyo era el baloncesto para jugar y para guiar a otros en su práctica como técnico, pero para ver los toros desde la barrera tenía y sigue teniendo al equipo de fútbol celeste. «Nunca dejé de interesarme por el Celta. Me dio muchas alegrías a lo largo de mi vida. ¡Ay, esas finales de Copa!», exclama para rememorar incluso la del 48 frente al Sevilla, cuando «habían empatado y jugaron varios partidos durante la semana hasta eliminarse, acabando cansadísimos». Porque lo que no recuerda en primera persona por haberlo vivido, sí lo ha leído y lo guarda igual en su memoria. «Tengo muchos libros, tanto de fútbol como de baloncesto. Los de la historia del Celta se los di hace poco a mi nieto Dani», relata.

Siempre con su nieto en Balaídos

Ese nieto es precisamente el familiar que más ha heredado su pasión por el deporte. Y por el color celeste de manera especial. «Está a mi lado en Balaídos, voy con él porque después de haber sufrido cinco ictus, aunque fueron leves y sin casi secuelas, la familia teme que me pueda dar un mareo y no me dejan ir solo», comenta. Por un lado es una queja, porque él se ve capaz y acude incluso en los días más desapacibles -«alguna vez por la noche lo veo en casa por la tele, pocas», asegura- , pero por otro presume de nieto que ocupó el sitio de su mujer cuando se dio de baja.

Ahora es él quien transmite el celtismo a Dani de una manera similar a cómo su padre se lo inculcó a él desde su infancia. Aquellos años en que, señala, solía situarse detrás de la portería de Marcador y alguna vez estuvo a punto de llevarse un disgusto. «Los tiros de Hermidita eran tan fuertes que nos alcanzaban. Mi padre escribió una carta a Hándicap pidiendo que colocaran una red metálica para que no nos perforaran. Hicieron caso y la pusieron», relata.

Su progenitor había sido, a su vez, presidente del club de fútbol Atlético San Lorenzo «y de allí llevó dos jugadores al Celta desinteresadamente», rememora. Uno de ellos fue Vega, el primer internacional céltico. «Está en fotos en el museo, ¡pero le cambiaron el nombre! Se equivocaron con Varela, que era defensa, porque los dos llevaban un pañuelo en la cabeza y los intercambiaron», observa. Envió una carta para aclararlo, pero no lo corrigieron, cuenta divertido.

En su vida, dice, se entremezclan nombres y vivencias tanto de fútbol como de baloncesto. Le aportaron y le siguen aportando a sus 86 años cosas diferentes. Imposible renunciar e imposible elegir: «Los dos me dieron muchísimas alegrías».

«La gente se subía a los chopos para ver los partidos. Animaban y respondíamos»

Los primeros pinitos en el baloncesto de Carlos Núñez Gayoso y el momento de tener en su mano su primer carné de abonado del Celta coinciden prácticamente en el tiempo. «Pudo ser por el 44 o 45, pero antes ya había ido al fútbol. Me llevaba mi padre, a pie desde el Castro cuando la grada de Marcador era de tierra y había gente que se subía a unos chopos muy altos que había en el campo del Lagares, donde ahora están las pistas de atletismo», precisa.

Aquellos aficionados en las alturas provocaban situaciones curiosas que recuerda como si hubiera sido ayer: «Cuando se dejaba de animar un instante, se les oía a ellos desde lejos: ‘¡Haaaaaala Celta!’ Y la gente respondía desde el campo». Asegura que él nunca vio el fútbol subido a los árboles, pero en cambio sí que se aprovechó de algún carné escolar para disfrutar de sus primeros partidos «cuando aún iba en pantalón corto».

Y si su padre vio los primeros pasos de un jugador histórico del Celta, a Núñez Gayoso le ocurrió algo parecido con algunos de los nombres más importantes que ha dado el baloncesto vigués. «Quien hizo campeón al Celta femenino, Cholas, fue discípulo mío. Lo mismo que Miguel Méndez, que ahora triunfa en Italia. Y su hermano, Darío Méndez, entrenó a dos nietos míos», dice como si de alguna manera se hubiera cerrado el círculo.

En realidad, hay más aristas: «Marcos Carbonell, que luego se iría al Madrid, jugó también en el Ademar. Y dos hijos del mítico jugador del Celta de fútbol Polo, Fernando y Rudesindo, jugaron al baloncesto conmigo», recuerda. Procurador de profesión, también presume de que la Federación de Baloncesto le pidió ayuda por el recurso del Obradoiro en el 2007. «Y ganamos en el Supremo».

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