El celtismo también rompe su techo

Míriam Vázquez Fraga VIGO / LA VOZ

GRADA DE RÍO

Oscar Vázquez

La afición celeste se superó a sí misma coprotagonizando incansable una noche histórica

05 may 2017 . Actualizado a las 17:23 h.

Balaídos ha vivido muchas noches o tardes mágicas en el último lustro sin necesidad de remontarse más atrás. Había magia en el ansiado ascenso del 2012 y también en la milagrosa permanencia del 4 %. Como la hubo en alcanzar las semifinales de Copa el curso pasado -y repetir este- y en celebrar una clasificación europea de la que se acaba de cumplir un año. Ese encanto ganó enteros con cada paso que el equipo daba en la Europa League. Aunque todos los partidos sin vuelta atrás se jugaron lejos, Balaídos ha escrito muchas páginas en los últimos meses para contar a hijos y nietos. Ninguna como la de ayer.

Empezando por el recibimiento, los cuartos frente al Genk parecían insuperables. La marea celeste de gentío entregado se antojaba irrepetible, máxime sin convocatoria por parte de las peñas. Nada más lejos. La explanada de Tribuna se quedó pequeña. Igual daba que las carpas impidieran ver la llegada o que no fuera festivo como entonces. La hinchada tenía claro que se iba a hacer oír. Con himnos clásicos (Rianxeira, Miudiño) y modernos (Aspas on fire). Con el sentimiento de siempre, pero con una ilusión renovada, desconocida para quien ha roto su techo.

«Isto é histórico», comentaba un aficionado en la previa. «Ni en la Champions», se oía luego en el interior, donde nadie se quería quedar sin las bufandas conmemorativas que regalaba el club - y que hasta los socios veteranos que nunca las usan se animaron a anudarse al cuello-. Tras las fotos con ellas puestas llegó el momento de afinar las gargantas. Y el himno traspasó los muros del municipal vigués con más fuerza que nunca. Ni rastro audible de los hinchas ingleses -aunque tampoco callaban ni se sentaban- frente a una hinchada celeste desatada.

Sonaban el «imos Celta, forza Celta» y el «imos a gañar». Cada aproximación local era un sobresalto y cada una visitante un vuelco al corazón. No existía el silencio en un Balaídos sin más butacas vacías que las de quienes eran incapaces de estar sentados. Y presidiendo todo, en Tribuna, los dorsales de un once que se recordará siempre.

El celtismo ovacionó cada buena jugada -con Sergio como héroe del primer tiempo- e incluso respondió aplausos a los fallos, y más al gol visitante, para empujar al equipo. Todo para hacer del tópico mucho más que eso y ser el jugador número doce, el dorsal que en el Sireno corresponde a la ciudad de Vigo aunque dentro de Balaídos no faltaron los celtistas de muchos otros lugares. Unidos para encarnar la afouteza de la que con orgullo presume una afición que nunca olvidará el 4 de mayo del 2017. Ni a Berizzo, ni a Aspas, ni a Hugo, ni a todos los que hicieron posible un éxito, llegar a unas semifinales europeas por primera vez, del que el celtismo se ha ganado el derecho a sentirse parte.