Una vida celeste en tres cifras

Nacido siete años antes que el Celta, este socio centenario ha transmitido su pasión a su familia


vigo / la voz

Le falla la vista, también el oído y tiene serias dificultades para caminar sin muletas. Nada impropio de los cien años que hoy celebra el vigués Ignacio Pinacho. Pero si hay algo que en él sigue intacto es el sentimiento celtista de quien presume de llevar en su bolsillo el carné número 141 del club de sus amores y de su vida, al que vio nacer siete años más tarde que él y del que siempre se ha sentido sido parte. Incluso durante los años en los que se fue a trabajar a Catoira y perdió la antigüedad. Solo eso le priva hoy del número uno.

Pinacho ha inculcado su pasión sobre todo a uno de sus tres hijos -portador del número 618- y a su nieto, que también es abonado de toda la vida. El hoy anciano llevó a sus vástagos durante años a Balaídos y luego se sumó David, de 32. «Mi padre siempre insiste en que el más celtista de todos es su nieto, pero más que yo no sé si será... ¡Ni que él!», plantea Miguel, de la segunda generación de aficionados de una familia en la que la pasión por el Celta se ha transmitido con una fuerza que los tres dejan patente y que hace imposible establecer ese ránking.

Hijo y nieto han escuchado mil batallas celtistas de boca del mayor de los Pinacho, siempre con su equipo en la cabeza y en el corazón. «Se acuerda mucho de cuando ganaban al Deportivo e iban por Príncipe con escobas simbolizando que les habían barrido. O de cuando de solteros él y mi madre iban al fútbol y al encharcarse el campo por la crecida del río tenían que ponerse encima de unos tablones para no mojarse», rememora. Una lista de anécdotas interminable.

Algo que también tienen en común los tres es su pertenencia a Rikitrí. «Ahora para mí ya no es tiempo de cantar, pero en los partidos de antes, con mi peña salíamos todos y ¡ay!, cómo lo pasábamos», exclama el centenario. En eso le ha tomado el relevo David, como cuenta su padre. «El otro día aparecía el nieto en una foto en el periódico en Gijón, que volvió de allí afónico perdido. ¡No veas el orgullo del abuelo cuando se lo enseñé!», relata Miguel. Pero el orgullo es recíproco. «Para mí es un referente. Estoy todos los días con él -que vive solo en su casa de Coia- y siempre hablamos del Celta. Ahora está ilusionado con la vuelta a Europa», revela David, mientras que su progenitor aún recuerda «aquella primera eliminatoria continental contra un equipo escocés, el Aberdeen», que vivió al lado de su padre.

Pinacho abuelo ya no ha podido ir a Balaídos esta temporada debido a su deteriorada salud -«renuevo aunque no vaya porque quiero seguir siendo socio de mi Celta», recalca-. Pero durante muchos años acudían los tres juntos no solo al municipal vigués, sino incluso a más de un viaje. «Desde pequeñito era comer todos juntos el día del partido y de ahí irnos al estadio. Y yo, socio y miembro de Rikitrí desde el primer día, como el abuelo», proclama David.

Trasnochando por el Celta

Aseguran que siempre ha tenido mucho carácter. «En la Oficina de Abonados temblaban en cuanto le veían aparecer», señala Miguel entre risas. Y añade que «cuando el equipo pierde, no veas con los árbitros, ¡se los come!». Todavía a día de hoy «lo mismo se enfada demasiado en los malos momentos que es el primero en levantarse y ponerse a gritar para celebrar», comenta David. Permite incluso que el Celta le robe horas de sueño, como él mismo confiesa: «Hasta que terminan los partidos, no me acuesto, y mira que a veces es tarde...».

Ignacio sigue leyendo la prensa para estar al tanto de la actualidad celeste y enterarse de cuándo juega el equipo. Por si se le pasa -«aunque nunca ocurre»-, tiene a un amigo que antes iba a Balaídos con él y que le recuerda cuándo hay partido. «De Marcador pasamos a Río Alto y de ahí a Bajo para que pudiera subir en el montacargas. Ahora hasta le cuesta verlo por la tele». Pero no renuncia. «Estaba tan loco por que llegara el día de cumplir los 100 como por ver al Celta en Europa». Lo primero es un hecho; para lo segundo, ya parece que falta menos. Hoy será objeto de un homenaje.

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