¿Las malas de la película?

De Yoko Ono a Camila Parker, una larga lista de féminas han cargado con la culpa de rupturas, infidelidades y hasta del malgasto de los fondos públicos por parte de algún político


Todo aquello que huela a un posible affaire vende. Tanto que los 32 viajes que el presidente extremeño José Antonio Monago se costeó con cargo al erario público parecen una nimiedad al lado del motivo que lo llevó hasta Tenerife tantas veces. Olga María Henao. La militante del PP tinerfeña se ha convertido en la protagonista de la noticia, tildada de «cazadiputados», «amante» de Monago o la versión femenina del pequeño Nicolás. Ella se ha apresurado a desmentir los roles que le han adjudicado, pero ni aún así ha evitado ser el tema recurrente. El uso, o mal uso, de los fondos que el Congreso y el Senado dan a sus señorías es lo de menos.

Los amores y los flirteos han tumbado la carrera de muchos políticos, pero en otros casos también han sido la excusa para tapar grandes escándalos. En Reino Unido hoy todavía se odia a Wallis Simpson. La divorciada por la que Eduardo VIII renunció al trono. Sin embargo, la historia no es tan idílica como se piensa. Las simpatías que el heredero al trono sentía por Hitler y el nazismo pudieron ser la verdadera causa. Sin salir del país, los británicos todavía tienen hueco para el resquemor hacia otra de estas malas de la película. A pesar de convertirse en duquesa de Cornualles, Camila Parker siempre será la amante que «hizo infeliz» a Diana.

La infidelidad le salió cara a Bill Clinton. No solo tuvo que rendir cuentas ante su mujer, sino también ante todo el país. Pidió perdón en una rueda de prensa que ha pasado a la historia. Ver avergonzado a un presidente por sus escarceos no es lo más habitual, pero funcionó. Bill casi parecía un mártir. ¿Qué culpa tenía él si la becaria, Mónica Lewinsky, se lo había puesto tan fácil?

De verdugo a víctima. El expresidente del FMI Dominique Strauss-Khan desenfundó esta estrategia para librarse de la camarera del hotel neoyorquino que lo acusó de propasarse. La campaña de descrédito que se urdió contra la mujer casi lo salva. Aunque Strauss-Khan tuvo que renunciar a su sueño del Elíseo. Sin él, el escándalo también ha estado servido en el palacio presidencial francés. En este caso la historia contó con dos malas. La pareja oficial, que no esposa, la despechada Valérie Trierweiler, y la actriz de encantos ineludibles, Julie Gayet. Ah, y con Hollande por el medio, de paso.

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