Para vivir con arte

Fernando Agrasar

GALICIA

El campanario de Muxía, en el 2019
El campanario de Muxía, en el 2019 ANA GARCIA

19 ago 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Las agresiones contra el patrimonio artístico generan un encendido debate público en el que se manejan, fundamentalmente, conceptos como el valor económico, la responsabilidad en la vigilancia y custodia de los bienes, las penas a aplicar y, cómo no, el fracaso educacional que no ha inculcado a los agresores ni conocimientos ni la mínima altura moral que les impediría cometer semejantes delitos.

Podemos establecer tres grandes categorías de agresiones contra el patrimonio: los robos para obtener un beneficio, las agresiones reivindicativas y las agresiones gratuitas. Las dos primeras son reprobables, pero, aun sin justificarlas, podemos entender la motivación de los agresores. La tercera nos deja estupefactos ante su banalidad dañina. La peripecia del robo del Códice Calixtino, en Santiago, contradice la personalidad glamurosa con la que el cine y los medios suelen presentar a los ladrones de obras de arte. Las agresiones de carácter reivindicativo utilizan el valor icónico de grandes obras de arte en sus acciones de terrorismo cultural para conseguir titulares internacionales. Pero, sin duda, las agresiones gratuitas de individuos anónimos que se saben impunes ante la falta de vigilancia son especialmente dolorosas. Hemos sufrido unas cuantas, como la pintada en la fachada de Platerías de la catedral de Santiago o en la Colegiata de Santa María en A Coruña.

¿Cómo evitar las agresiones contra el patrimonio? Las dos soluciones habitualmente propuestas son legislar para aplicar penas aún más severas contra estos delitos y vigilar todo aquel patrimonio susceptible de ser destrozado, pintado, quemado o robado. A estas soluciones de efecto rápido y aplicación problemática se une otra de largo recorrido: tenemos que aprender a vivir con el arte.

Decía Guy Debord en La sociedad del espectáculo, publicada en 1967, que «la grandeza del arte no se hace evidente más que cuando recupera la vida». No podemos ver nuestro patrimonio como algo solo interesante para los turistas. El arte no forma parte de nuestra vida, hemos perdido la capacidad para amar, valorar y respetar nuestro rico legado artístico que, frecuentemente, crea conflictos entre nuestros intereses y las leyes que lo protegen. Tenemos un ejemplo reciente e ilustrativo en la idea de la Xunta de adquirir nueve piezas murales de Urbano Lugrís, situadas en un bajo en la calle Olmos de A Coruña, y considerar su traslado al Museo de Belas Artes de la ciudad. Esto alterará gravemente tanto su soporte físico como el entorno de esas obras y nos privará de disfrutarlas en contacto con la vida, con el ocio, con el ambiente festivo para el que fueron concebidas. En un museo no molestan y serán un valioso objeto más, convenientemente vigilado para que los activistas climáticos no les arrojen una olla de caldo o un idiota estampe su firma con espray. Asunto resuelto.