Los resultados de la primera gran encuesta electoral en Galicia ante las municipales, y con la excepción de los datos que ofrece para Vigo (un fenómeno, en toda la acepción del diccionario), deben llevar a los partidos, sobre todo a los que gobiernan o ansían hacerlo, a una reflexión por encima de los resultados: los vecinos están ciertamente hastiados, realmente desconectados de sus alcaldes. Solo así se explica que en cuatro años de relativa estabilidad económica (comparen con el período 2007-2015), los ciudadanos vean, muy mayoritariamente, más sombras que luces en la gestión de sus ayuntamientos, más agujeros que soluciones para sus barrios. La letra pequeña de Sondaxe es un toque de atención mayor: hay una frustración manifiesta entre los administrados. Y ha sucedido ello mientras el país recuperaba el pulso; imaginen ahora que nos asomamos a un nuevo enfriamiento (lo niegue quien lo niegue) de la economía.

Las proyecciones en voto de Sondaxe recogen un momento muy determinado, son una foto fija interesantísima a tres meses de las municipales. Pero el mar de fondo que sugiere este barómetro apunta a una ola de consecuencias imprevisibles. Obliga a tomar medidas a quienes aspiran a gobernar. Porque, de lo contrario, será tentador para el votante dejarse llevar, seducido por paracaidistas que llegan con el importado y apocalíptico discurso de la agenda de Madrid.

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La frustración, la consecuencia