La Xunta no tenía previsto arreglar el ascensor del edificio del acoso inmobiliario

Uno de los inquilinos declaró en el juzgado que le ofrecieron 40.000 euros por dejar la vivienda


Ourense

Al segundo inquilino del edificio de Ourense donde supuestamente se ha producido una situación de acoso inmobiliario, por la que el fiscal se querelló contra dos cargos de la Xunta, le ofrecieron 40.000 euros para que abandonara su vivienda. El vecino del quinto, que declaró ayer como testigo en la investigación que sigue el Juzgado de Instrucción número 2 de Ourense, aclaró que tras recibir a finales del 2017 una carta en la que le preguntaban en qué condiciones dejaría el piso, contactó con los dos funcionarios que le dieron como contacto. Aparte de los 40.000 euros, le dijeron que pensara en el coste de la mudanza, para añadirla. En una segunda visita acudió con cifras del eventual traslado y del precio de los alquileres en la zona. Pidió más dinero, según admitió ayer ante el juez.

«Solo le dijeron -según recoge la declaración judicial que prestó ayer- que no se iba a arreglar el ascensor y que se iba a sacar a concurso hacer un nuevo edificio y que los iban a expropiar». Este hombre, contrariamente a la nonagenaria vecina del cuarto, no litiga con la Xunta ni reclamó nunca por la limpieza, porque, según él, no sabía adónde dirigirse. El concurso para la remodelación se convocó, de hecho, pero la expropiación no se activó.

Sobre la situación del ascensor, cuya supresión precipitó la investigación y posterior querella del fiscal, indicó que él no avisó porque le dijeron que lo clausuraban por no pasar las inspecciones. A preguntas de los letrados de los querellados de la Xunta, expuso deficiencias y dejó claro que la Administración nunca lo indemnizó por inundaciones y humedades, pero sí le arreglaron los daños del piso.

Con todo, desde que a finales del 2015 abandonaron el edificio los juzgados de lo contencioso «hacía la limpieza el declarante o la persona que le limpia la casa». Dice el inquilino no haberse sentido intimidado ni presionado por la Xunta, aunque sí percibió «dejadez». Confirmó que la otra inquilina, Lucila Vázquez, cuando ya estaban sin ascensor se ponía bolsas de plástico en las manos para no ensuciarse cuando salía. Él nunca abandonó la vivienda. La nonagenaria regresó la semana pasada al volver a funcionar el ascensor.

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