«Cada día esperaba a que a nena marchara á escola para poder chorar»

El Ayuntamiento de Oza-Cesuras dedica una calle a Benedicto García Ruzo, guardia civil asesinado en Irixoa en 1989

«No enterro todo eran promesas pero despos só oía 'vuelva usted mañana'» Un homenaje rescata del olvido a una víctima del Exército Guerrilleiro

CEE / La voz

Benedicto García Ruzo salió en el periódico en 1987. Su nombre se incluía en un pequeño anuncio del Ayuntamiento de Oza dos Ríos en el que se le concedía la licencia para construir una vivienda junto a la iglesia de Cuiña. Benedicto tenía planeado llevar allí a su mujer y a su hija y sacarlas así del cuartel de Irixoa, donde trabajaba como guardia civil. Treinta años después, la casa está a medio construir, comida por la maleza y sin plan de acabarse. Porque Benedicto García Ruzo volvió a salir en el periódico dos años después, y esta vez en portada. Fue asesinado en un atentado del Exército Guerrilheiro muy cerca del cuartel. En la madrugada del 2 de febrero de 1989 acudió al rescate de las víctimas de un accidente de tráfico. Pero el siniestro era un montaje de los terroristas y las víctimas acabaron siendo él y su compañero, Antonio Freire, quien consiguió salvar la vida pese a los seis disparos recibidos.

Benedicto murió en aquel ataque y, casi tres décadas después, una modesta Administración como es el Ayuntamiento de Oza-Cesuras rescata su nombre del olvido. Este sábado inaugurará una calle con su nombre, para lo que han convocado la presencia de su viuda, Teresa Senlle, y la hija, Carmen García, con 34 y 9 años en el momento del atentado. Ambas fueron arropadas en aquellos actos fúnebres del cementerio de Bandoxa, de donde era natural Benedicto, en un funeral lleno de autoridades: González Laxe, como presidente de la Xunta; Luis Roldán, como máximo responsable de la Guardia Civil; y el actual presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, presidiendo la ceremonia religiosa.

«Eu estaba nunha nube, entereime de pouco», recuerda Teresa. Pero si algo no olvida es que le llovieron promesas de que no debía preocuparse por nada, que se le ayudaría y se le daría incluso una vivienda. «Ate viñemos ver unha á Coruña pola zona de San Pedro de Mezonzo». Pero las promesas se difuminaban al mismo ritmo que el nombre de Benedicto García Ruzo desaparecía de los periódicos. «Ao final, nada: no enterro e nos días seguintes todo eran promesas, pero despois só oía “vuelva usted mañana”», relata Teresa en su casa a las afueras de Cee. Porque de allí es ella y allí tuvo que regresar tras año y medio extra en el cuartel, donde vio que ya no pintaba nada: «Era duro ver os gardas e preguntarme cada día por que o meu home xa non estaba».

Antes de instalarse en Cee sí vivió en un piso de A Coruña de su propiedad pero sufragado por ella misma con la pensión de viuda. «E freguei casas, e coidei nenos...». Cuando su hija Carmen cumplió los 23 regresaron a Cee. Teresa construyó una casa a escasos metros del cementerio de Toba, donde descansan los restos de su marido.

-¿Pero non foi enterrado en Oza dos Ríos?

-Aos dous anos xa o trouxen aquí comigo. Tiven que facer bastantes trámites porque o corpo aínda non estaba descomposto, e facer a sepultura, que non tiña.

Así que Teresa cruza la carretera para llevar flores al menos dos veces al mes. Un gran retrato de Benedicto preside el salón de la casa. En el recibidor hay una placa firmada por Luis Roldán que honra «su memoria por su sacrificio en favor de la sociedad». Pero su memoria solo permanece viva en este hogar de la Costa da Morte, donde ejerció de guardia civil en el cuartel de Corcubión al tiempo que iniciaba su noviazgo con Teresa. «Era moi boa persoa, e a filla foi a mellor herdanza que me puido deixare: a rapaza é coma el», relata la viuda, a la que el tiempo amortiguó el dolor hasta transformarlo en una pena eterna. «Os primeiros anos era terrible, cada día esperaba que ela marchara á escola para poder chorar, e se me descubría lle dicía que me doían as moas».

Cambio de colegio

Hoy su hija es ya una mujer y madre de Nerea, la nieta de Teresa que ilumina la casa en cada visita. Todas recuerdan que Carmen se llevó lo único positivo de aquella desgracia. Tras el atentado aceptó la oferta de ser traslada al colegio de Atocha de Betanzos, donde pasó curso y medio antes de instalarse en A Coruña. Pero tampoco se lo deben a ninguna Administración sino al teniente Amador, uno de los muchos compañeros del cuartel que arroparon a la familia. «O defunto do meu home sempre dicía: “Non lle deixo un peso á filla, pero quérolle dar unha boa cultura e educación”, e iso quedoume gravado», dice Teresa.

«Evitou ser trasladado ao País Vasco e vénme morrer á porta da casa»

Sabe que fue el Exército Guerrilheiro y poco más. No quiere oír nombres de los que perpetraron aquel crimen. «Sabes que de debaixo da lápida non saen pero do cárcere si, non quero saber nada deles, nin que lles vaia ben nin que lles vaia mal. Mataron ao meu home e esnaquizáronme a min no mellor da miña vida, que me cortaron as ás con 34 anos, que parece que non pero aínda era unha cría», relata con un tono de indignación. Cada atentado posterior de ETA a miembros de la Guardia Civil avivaba las llamas de su duelo. Dice que Benedicto, que murió con 45 años, nunca había recibido amenazas, y que había conseguido evitar ser destinado a los cuarteles más comprometidos. «É o destino. Evitou dúas veces ser trasladado ao País Vasco e vénme morrer á porta da casa».

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«Cada día esperaba a que a nena marchara á escola para poder chorar»