Martín Sánchez quiso emanciparse en el 2012. Desde entonces vive sobre el mar, bajo uno de los viaductos más emblemáticos de Galicia. Se la juega a diario para dormir
22 dic 2022 . Actualizado a las 19:06 h.El fenés Martín Sánchez Cobelo, de 52 años, pone en riesgo su vida a diario para entrar o salir de la que desde hace más de cinco años es su casa. Tiene que descolgarse literalmente por la barandilla del puente de As Pías hasta llegar a una estrecha pasarela para poder acceder al habitáculo en el que creó su hogar, entre las estructuras del viaducto que enlaza los dos extremos de la ría de Ferrol. Se trata de un puente que en el año 1998 protagonizó las portadas de la prensa de todo el mundo, porque fue partido por la mitad, justo a la altura de donde ahora reside Martín, por la plataforma petrolífera Discoverer Enterprise, que, a causa del viento, rompió las amarras que la sujetaban al antiguo astillero Astano, en la actualidad, Navantia Fene.
Martín eligió ese lugar entre muchos otros, según manifiesta a La Voz, cuando quiso emanciparse y marcharse de la casa de su madre, en la barriada fenesa de San Valentín, en la que sigue residiendo la progenitora con otros tres hijos. «Menuda emancipación», cuenta con sorna, pero añade que el lugar es tranquilo, a pesar de que bajo el tablero que le sirve de cama está la ría de Ferrol y sobre su cabeza transitan a diario cientos de coches.
«Mi casa es el puente de As Pías», proclama, y explica que está situada en las propias estructuras metálicas existentes entre las cepas del puente. Allí duerme todas las noches, si bien apostilla que se mantiene despierto hasta las tres de la madrugada, porque confiesa estar «enganchado» al programa La noche con Esther, de RadioVoz.
Además del tablón-cama, Martín tiene allí su ropa, un libro, una libreta, una radio de bolsillo y la linterna con la que se ilumina por las noches. «No es agradable encontrarse por la mañana con el pantalón mojado del día anterior», señala, si bien asegura que allí no pasa frío, porque la estructura está cerrada por todos los lados «pero hay todo el aire del que necesito para respirar».
El acceso al palafito de Martín es realmente peligroso, de ahí que no se hayan podido tomar fotos del interior. De este modo tiene asegurada la inviolabilidad de su domicilio, si bien señala que una vez entró alguien y le tiró sus pertenencias al mar.
Durante el día, a Martín se le encuentra siempre en San Valentín o Perlío, hasta hace poco en bicicleta, pero se la robaron hace unos meses. Es un personaje muy conocido, al que los vecinos le dan algunas monedas y los hosteleros le ofrecen comida. «Al desayuno me invitan en los bares o compro yo un bocadillo, al mediodía suelo ayunar y la cena me la dan en el restaurante Mundial en un táper», apunta.
Para ducharse acude a la casa de su madre. «Cuando tengo un pantalón sucio se lo llevo también a ella para que me lo lave y le pago dos, tres o cuatro euros, según tenga», señala, añadiendo que la ropa se la dan en Cáritas de Fene.
Pero la vida de Martín, que no percibe ninguna prestación económica, no siempre fue así. Cursó la EGB y después estudió automoción durante un año en la antigua Maestría de Ferrol. A los 17 años dejó los estudios y se enroló en barcos pesqueros que faenaban en Terranova y Gran Sol. Regresó para cumplir con el servicio militar y a partir de ahí trabajó de albañil y encofrador. Su último empleo fue en la fábrica de Megasa como especialista en limpiezas industriales.
Lo que más le preocupa ahora mismo es que solo tiene seis o siete años de cotización. «Incluso fui a empresas de trabajo temporal, a pesar de que te quitan entre el 15 y el 20 % del sueldo, pero ni ahí encuentro trabajo», dice. La profesión de encofrador es la que más le gusta, «y soy bueno», pero no rechazaría cualquier otra oferta laboral. Respecto a la Justicia, dice estar «blanco, blanco. Solo tuve unos pequeños hurtos hace mucho».