El colegio donde se crece acompañado

Sara Carreira Piñeiro
sara carreira ARZÚA / LA VOZ

GALICIA

SANDRA ALONSO

02 may 2017 . Actualizado a las 11:13 h.

«Lo que más les gusta a los niños es hacer las cosas ellos mismos». Lo dice Ángeles Santamarta, directora del CPR Nuestra Señora del Rosario, de Arzúa. Su centro -trece clases, desde los 3 años hasta los 16 (4.º de ESO), con 200 alumnos y 25 profesores- tiene un objetivo común: aprender y hacerlo de la mejor manera, de esa que no se olvida y que sirve de base para seguir haciéndolo.

El Atocha de Arzúa es el primer concertado religioso que aparece en esta serie de Centros Innovadores, y no ha sido elegido al azar. No es un colegio urbano de clase media alta, sino uno de zona rural (aunque con hábitos globales) y envejecida; y arquitectónicamente es un edificio poco amable con los niños -puertas marrones, recovecos, escaleras, pasillos estrechos...-, propio de los años en los que no se pensaba en el valor emocional de los espacios. Era fácil para este grupo de profesores dejarse llevar y ofrecer una educación académicamente impecable, revestida de los valores católicos. Pero llevan años luchando para dar un paso más y formar a sus alumnos para el siglo XXI.

Ahora están en un momento crucial, con la implantación ya asentada del trabajo colaborativo (por grupos) en la práctica totalidad de las horas y con el aprendizaje por proyectos despegando. Su filosofía educativa es sencilla sobre el papel pero algo más compleja en la práctica: «Necesitamos cambiar el chip», apunta Santamarta, quien reconoce que para su colectivo -pertenece a los centros fundados por Baltasar Pardal, la Grande Obra de Atocha- el primer paso ha sido y es la formación. Este verano les enseñaron a programar y evaluar por competencias, cuatro semanas de la mano de un experto de la Universidad Autónoma de Madrid, que también tuvo unas charlas con los padres, quienes, como es lógico, «han tenido que perder el miedo».

¿Y todo esto en qué se traduce? Dos ejemplos: uno ya funcionando y otro que comenzará en abril. Este año, el proyecto general de centro es Cuentacuentos, y eso impregna las actividades de aula. Los de cinco años han elegido Blancanieves y los siete enanitos, y con la excusa de Gruñón y Mudito aprenden a expresar cómo se sienten o los diferentes estados de ánimo; en la clase de enfrente (4 años) han optado por La sirenita y tienen hasta un pequeño acuario con un pez al que alimentan y cuidan. Cada aula ha expuesto al resto del colegio un resumen de su cuento y ha extraído una conclusión, como los de segundo de primaria, que, gracias a Los siete cabritillos y el lobo, saben que la prudencia es toda una virtud. Con los cuentos (y novelas en la ESO) se harán los disfraces en carnaval y la fiesta de fin de curso, y además esperan publicar una edición especial de todos ellos.

De infantil a ESO en un grupo

Más ambicioso es el proyecto conjunto que comenzará el próximo cuatrimestre: un museo planetario en un local cedido por el Concello. Para prepararlo, los martes de enero a abril todos los alumnos del centro dedicarán dos horas a trabajar en el proyecto: hacer las maquetas de los planetas, preparar las entradas, crear las estanterías para colocar los objetos, realizar los carteles, hacer investigaciones, ilustrar leyendas... Todo se hará en grupos y cada uno estará formado por una mezcla de alumnos de infantil a ESO. «Lo importante es esa mezcla, y que todos van a hacer actividades de su currículo», recalca Santamarta.

Los profesores tienen claro cuál es el espíritu del centro. En infantil, los niños estudian el cuerpo humano de forma conjunta, los de tres, cuatro y cinco años mezclados; en 5.º y 6.º de primaria se comparte la historia en grupos mixtos. «Ahora se buscan en el patio», dice Laura, la profesora. Allí, en sexto, en medio de la clase -siempre dividida en grupos, no en pupitres individuales- hay alumnos sentados sobre unas gigantescas pelotas de yoga. Son estudiantes inquietos, de esos que no aguantan cinco horas en una silla normal, pero en cambio no tienen problema con sus mullidos asientos «y han mejorado muchísimo su concentración», dice la docente.

Y es que los profesores prestan mucha atención a la inteligencia emocional, desde el autocontrol a la independencia pasando por la autoestima, y les dejan regularse para fomentar su compromiso. Por ejemplo, en primero de ESO los alumnos han establecido una lista de acciones negativas, y cuando uno comete alguna (como no llevar los deberes) se pone una pegatina en el cuadro correspondiente. Al final de la semana, los que no tienen pegatinas pueden utilizar un rato su móvil o tableta (bajo la supervisión de la profesora, María) y quienes sí han cometido faltas tienen que repararlas en función de cada una (estudiando biología, por ejemplo). La medida ha mejorado la convivencia de una clase «dicharachera»: ahora apenas hay griterío y «hemos dejado de tomar chicle», dice orgullosa una alumna. Algo parecido hacen los de 4 años, y lo explica Lupe, su profesora: «Tenemos un dibujo de una casa con niños tristes y otra con arco iris porque son felices. Cuando un estudiante grita o pega [algo común a los cuatro años] tiene que pasar su foto de la casa feliz a la triste. Al principio les costaba mucho aceptar que habían hecho algo que estaba mal, pero han aprendido a reconocer sus errores». Eso es maduración, algo tan importante en este colegio como saber contar o escribir.

Las claves del centro

¡EMOCIONES, SÍ!

Aprender a vivir con uno mismo, y con el resto

En el aula se debate sobre todo. No solo sobre los libros que leen, que por supuesto, sino que hay muchas tertulias. Los niños mejoran la oratoria, aprenden a escuchar al otro y son capaces de hacer ver su punto de vista sin ofender. Nunca se dice «estás equivocado», sino «yo creo que...».