Cuando se habla de la amenaza yihadista en España es frecuente referirse a las alusiones de Al Qaida y el Estado Islámico a Al Andalus, y su voluntad de «reconquistarla» para el islam. Es una retórica poco tranquilizadora, pero no es el indicador más importante. El terrorismo no depende de discursos, sino de estructuras y capacidades para atentar, y en ese sentido España es uno de los países europeos más difíciles para los yihadistas. Sus fuerzas de seguridad tienen gran experiencia en antiterrorismo y la comunidad musulmana española es relativamente pequeña comparada con otros países de su entorno. También es más reciente, por lo que, salvo en Ceuta y Melilla, no hay todavía muchos adultos en la segunda generación, el perfil de edad en el que predomina la radicalización (la cual, es importante recordarlo, es un fenómeno marginal).
Dicho esto, nadie puede descartar un atentado en cualquier momento, sobre todo de un lobo solitario, más difícil de prevenir por las fuerzas de seguridad. Pero tampoco se puede descartar un ataque más sofisticado porque, aunque hasta ahora la mayor parte de las células que se han desarticulado en España eran de apoyo, las ha habido también de tipo operativo -es decir, dispuestas a actuar en suelo español-. Las células de apoyo, en todo caso, son también peligrosas a largo plazo, puesto que algunos de los yihadistas que reclutan -en España rondan el centenar- volverán algún día de Siria e Irak con formación militar.
Dentro de España, Galicia es una de las autonomías con menor exposición al yihadismo; muy lejos, por ejemplo, de Cataluña, donde se concentran un tercio de las amenazas potenciales de radicalización. La comunidad musulmana gallega es pequeña y está bien integrada. Pero hablamos de redes muy móviles. Los detenidos ayer en Arteixo y Vimianzo, por ejemplo, estaban vinculados con una célula en Almería, y esta a su vez con otra en Austria y con la de los terroristas de París. Detrás de ellas hay una red de inmigración irregular que infiltra miembros del Estado Islámico entre los refugiados, como ya sucedió en el caso de los atentados en Francia. El riesgo, pues, es real. Como en tantos otros órdenes de la vida, estamos a merced de la suerte y la estadística.