Pío Pedreira: «Los pinchazos eran continuos»

José Manuel Pan
José Manuel Pan REDACCIÓN / LA VOZ

GALICIA

Un guardia civil jubilado recuerda cómo se vigilaba el poco tráfico que había en los años sesenta

21 nov 2016 . Actualizado a las 17:17 h.

«Casi no había tráfico en los años sesenta y muchas de aquellas carreteras de Galicia estaban sin asfaltar. La N-VI era un lujo». Con 72 años recién cumplidos, Pío Pedreira recuerda con detalle sus comienzos como motorista de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil: «Los pinchazos eran continuos porque muchas carreteras estaban sin asfaltar y tenían baches y socavones. Y los reparábamos nosotros mismos en plena carretera».

Pedreira tenía 21 años cuando, en 1966, ingresó en la especialidad de Tráfico de la Guardia Civil. Su primer destino fue el País Vasco, en Ordicia. «El curso de acceso se hacía en Madrid y duraba tres meses y era imprescindible dominar la moto para aprobarlo. El curso era intensivo, y salíamos con amplios conocimientos del Código de la Circulación. Nos sabíamos de memoria el contenido de todos sus artículos. Y las carreteras radiales y nacionales también nos las sabíamos al pie de la letra», relata. En esos meses de formación, los aspirantes a motorista de Tráfico también recibían clases intensivas de mecánica. Les venían bien, porque en aquellos tiempos era muy frecuente que las patrullas de Tráfico se encontrasen en la carretera con vehículos averiados o con ruedas pinchadas. «Si podíamos arreglar la avería lo hacíamos, aunque tuviésemos que echarnos debajo del coche. Y en muchas ocasiones ayudábamos a cambiar las ruedas, con el agradecimiento de los conductores», recuerda.

Las primeras BMW

Las motocicletas de la Guardia Civil no eran como las de ahora. «Nuestras primeras motos eran unas BMW que no tenían parabrisas y el frío nos daba directamente en la cara. Se nos congelaba hasta el aliento. Circulábamos por carreteras que estaban heladas en las que las motos patinaban continuamente. Nos caíamos y volvíamos a levantarnos para seguir adelante con nuestro trabajo». Esos inconvenientes no le importaban: «Mi ilusión era andar en la moto». Este guardia civil jubilado se mantiene al día de la evolución actual del tráfico y valora muy positivamente el descenso del número de accidentes mortales experimentado en las carreteras de Galicia en los últimos años, así como el trabajo de sus compañeros y del actual jefe de la Agrupación de Tráfico en la comunidad, el teniente coronel Molano, al que menciona expresamente: «Hacen una labor callada y no siempre valorada».

Además de averías y pinchazos, los agentes de Tráfico se encontraban con graves accidentes. Los guardias civiles de entonces eran, igual que sucede con las patrullas de ahora, de los primeros en llegar al lugar del siniestro. En aquellos años, asegura, «no había ambulancias y teníamos que trasladar a los heridos en vehículos particulares, con el riesgo que eso suponía para las víctimas». Pedreira recuerda «una obligación moral» que los agentes trataban de cumplir siempre que podían: «Íbamos a los hospitales a visitar a aquellos heridos que habíamos ayudado en un accidente».

Ni radares ni cinturón

En aquellos tiempos no había radares para poder controlar la velocidad de los vehículos. Y el cinturón de seguridad (muchos coches ni siquiera lo traían) no era obligatorio: «Los niños iban jugando en los asientos traseros». Las denuncias que más se ponían eran por saltarse señales de stop y de ceda el paso, y por realizar adelantamientos en curvas y en cambios de rasante. La multa era de 1.000 pesetas. Este agente retirado, que tras su etapa en el País Vasco regresó a Galicia para trabajar en Corcubión y en A Coruña, dice que multar era lo que menos gustaba porque la situación económica del país era muy mala. A Pedreira tampoco le iba mucho lo de denunciar, «pero era una obligación corregir ciertas actitudes de determinados conductores para evitar accidentes». En una ocasión tuvo que denunciar a un conductor que circulaba sin el carné y que se le quejó amargamente cuando le dio el alto. «Me dijo que el coche era su vivienda. Y observé que dentro del vehículo llevaba a su hijo, que tenía una minusvalía. Era una situación tremenda, y yo no tuve más remedio que romper allí mismo la multa», afirma. Le cayó «una reprimenda» de sus superiores por haber roto aquel boletín de denuncia, «pero yo no podía hacer menos».

De aquel episodio en la carretera, a Pío Pedreira le queda en la memoria una grata experiencia que surgió con posterioridad y que ahora relata emocionado: «Unos años después coincidí con aquel hombre en una estación de servicio. Me recordaba y me dijo que después de aquello le había tocado la lotería. Me dio un abrazo allí mismo y esa satisfacción personal perdura en mí hoy en día».