Los últimos de la Ciudad de los Muchachos, abocados a dejar Benposta

Una firma de transporte puja por los terrenos que ocupó el «estado» creado por el padre Silva en Ourense


ourense/ la voz

La enorme finca situada a pocos kilómetros de la capital ourensana que durante años acogió la Ciudad de los Muchachos, el estado independiente creado por el religioso Jesús Silva en los años 60, en plena dictadura franquista, está a punto de pasar a manos de una empresa de autobuses. Debido a las deudas acumuladas durante años, la Seguridad Social embargó el terreno y esta misma semana se ha celebrado la subasta. El único postor ha sido una empresa local de autobuses, Alfer, que ha presentado una oferta de 412.000 euros. Se trata de una cantidad que alcanza el 25 % del valor de tasación, de 1,5 millones, por lo que la firma podría hacerse con la propiedad del solar si el dueño no presenta una oferta antes del martes. Si se materializa el cambio de propietario, sería el adiós definitivo a un proyecto de ciudad que llegó a tener un millar de habitantes en su época dorada. Todavía resisten algunos. Son los últimos muchachos.

«Yo me casé en la carpa del circo, fue el padre Silva el que ofició la boda, y aquí nacieron mis tres hijos», recuerda Enrique, que llegó a Benposta (así se denomina al recinto) en 1970. Cuando el Circo de los Muchachos estaba en su máximo apogeo Enrique hacía el número de altura. Luego pasó a ser el director técnico y fue él quien se encargó del montaje del Poliedro, la enorme instalación en la que se hacían ensayos y actuaciones, que aún se mantiene en pie. Pero llegaron los años malos. El circo dejó de funcionar y se cerró la escuela. La gente se fue marchando, pero él se quedó. «Me gusta vivir en la calle, llevamos aquí toda la vida y quiero seguir aquí con mi familia», asegura. Sabe que quizás no pueda hacerlo y lamenta «lo mal que ha terminado todo esto por culpa de los que mandan en Ourense».

Son 18 los residentes actuales. José Miguel Esmeriz llegó con 6 años. «Yo me crie aquí y he sido muy feliz, los chicos mayores cuidábamos de los pequeños, no había egoísmos, por eso yo quise volver, por la nostalgia, porque quería que mis hijos vivieran esto», explica. Con su mujer, Alba, y tres niños de 15, 8 y 5 años, remodelaron una de las antiguas clases y la convirtieron en su hogar, con la ilusión de que el proyecto reviviese, pero sin papeles de propiedad. «Ahora nuestra dirección es esta, hasta tenemos ya la tarjeta censal», explica José Miguel, que comenta que «colaboramos con los gastos para mantener esto a flote».

Respecto al futuro, saben que si la compra del terreno se materializa, tendrán que marcharse. «Ahora, la cuestión es saber cuánto tiempo nos queda, esto va a ser como un desahucio», asegura.

En la misma situación se encuentra otra familia, que transformó la enfermería en su vivienda habitual. «Hemos invertido aquí nuestro dinero y ahora vamos a tener que empezar de cero», asegura Alda Morales, que llegó a Benposta porque su marido fue uno de los fundadores del proyecto. «Él quería volver con el circo y los niños empezaron a ensayar, pero al final no se logró remontarlo. Los pequeños todavía no saben que seguramente tendremos que buscar una nueva casa», explica. Tanto para ella como para el resto, Benposta es su hogar y dejarla supondrá cerrar una puerta para siempre. A todos aún los invade la nostalgia por algo que, definitivamente, no podrá ser.

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