Sombras chinas


Las negociaciones políticas se han convertido en un juego en el que cuesta discernir la realidad de las sombras. Rajoy fue el primero que nos hizo creer que intentaría la investidura para acabar dando plantón, al rey y a los españoles. Sánchez e Iglesias fueron los siguientes protagonistas de una representación en la que cada gesto aparentemente negociador ha sido en realidad un paso en sentido contrario. En la etapa que más se habla de transparencia, y con los líderes que más prometen luz y taquígrafos, es en cambio el momento en el que menos se conoce la verdad de las cosas. Porque cada propuesta es un caramelo envenenado. Un señuelo que esconde las verdaderas intenciones, darle un bocado al espacio electoral del otro con vistas a la posibilidad de que haya nuevas elecciones en junio. Y es que cada paso parece más encaminado a eso que a formar Gobierno. Iglesias, con una actitud provocativa, planteando propuestas que sabe inasumibles por los socialistas. Sánchez, mareando la perdiz con un pacto improbable para mantenerse el máximo tiempo posible bajo los focos informativos. De hecho, ha ganado más capital político en dos semanas que en año y medio de mandato en el partido. Lo que separa a PSOE y Podemos no es el programa, sino los principios, la cultura, la estrategia y los objetivos políticos. Y en este teatro de sombras chinescas, lo que parece una negociación es en realidad un duelo. Pero un duelo en el que la víctima puede ser la política vista como búsqueda del bien común.

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