La señora María no tiene miedo

En la Galicia rural viven solas decenas de miles de personas con más de 70 años, resistiéndose a cerrar la casa donde transcurrió toda su vida


REDACCIÓN / LA VOZ

El día está rabudo en Castromil, Vimianzo, una aldea nada pequeña donde viven una treintena de personas. Hace frío y llueve de forma intermitente. En la cocina de María Ribeiro (Vimianzo 1938), la bilbaína desprende un calor que es gloria bendita. La señora me espera para contarme cómo es la vida de una persona que voluntariamente ha escogido la soledad de sus cuatro paredes pese a las ofertas de sus hijos para dejar la aldea e irse a la villa.

Aunque el concepto de soledad merece ser matizado. Hasta la casa, me ha acompañado Antonio, uno de sus dos hijos, que diariamente la visita por la mañana antes de ir a trabajar a una granja cercana. Y poco después de que nos dejara solos ha llegado el panadero. Antes de todo eso, ya estuvo el pescadero... «Sola, sola, unicamente pola noite», aclara María.

No se levanta muy temprano, dice. A las nueve o nueve y media. Echa fuera las gallinas y se hace el desayuno. En temporada se va hasta una finca cercana donde cultiva su huerta y de donde se trae algunas verduras para la comida: «E aproveito para falar cos veciños, que xa case non quedan». La huerta y las pocas labores de la casa («non teño moito que arranxar porque non hai quen o desarranxe») le consumen la mayor parte del día. Televisión, la justa. «Cando se vai meu fillo pola tarde, doulle dúas voltas á chave e listo».

-¿E non ten medo?

-Non teño medo, non. Se entran por un lado eu saio polo outro, ja ja.

Paseos, pocos

A la señora María no le gusta pasear. Afortunadamente, la salud la ha respetado y a sus 77 años solo la artritis le molesta. Pero no lo suficiente como para que haya dejado de sachar en su huerta. Eso sí, salir de paseo no le va: «Hai veciñas que si saen. Pero a min non me gusta. Moitos van porque llo dixo o médico. A min non. Cando vou a Vimianzo, non saio do piso. Eu non teño medo, pero non me gusta saír a pasear».

Pese a ello, la señora María no es ajena al drama que con tanta frecuencia se da en Galicia cuando alguien de edad avanzada sale de su casa, se desorienta y no sabe volver: «Xa sei que pasa moito. O vexo na televisión. E no periódico. Veñen moitos casos deses. Se perdemos a cabeza...». María reflexiona un minuto y luego rememora la edad a la que falleció su abuela, y su madre. Ambas lo hicieron lúcidas. No lo dice, pero seguramente piensa que esa simple ley genética la protege frente a una situación que no quiere ni pensar y comenta el estado de algún vecino que sufre alzhéimer. Una pena.

La situación de María, que vive sola desde que enviudó, hace ya once años, tiene algo de prototípica en el rural gallego. Los moradores, los últimos de la estirpe que han aguantado en la aldea, se niegan a cerrar su casa. Si pueden, morirán allí. Es una resistencia que proviene de una voluntad firme que sortea las invitaciones de los hijos y, por supuesto, el camino de la residencia.

Con trabajo y esfuerzo, la familia de María pudo comprar una finca en Vimianzo. Cada uno de los hijos tiene un piso y aún queda otro que es propiedad de ella «Alí tería todo máis a man. O médico, a farmacia, as tendas... pero non quero ir, non. Estou mellor aquí».

Claro que tampoco se engaña: «Dame moita pena pechar a casa, pero o día que non poida, con algún fillo terei que ir a vivir», confiesa.

Una vez al mes

Dice que, en los buenos tiempos, en esa casa llegaron a vivir hasta doce personas. Me enseña donde estaban las cuadras y cuesta imaginar a media docena de vacas allí metidas. Pero así era. Ahora de las paredes cuelgan la inevitable vista aérea y algunos recuerdos de los viajes de primavera: Peñíscola, Lloret de mar... Este año, cuando llegue la primavera, María se va a Benidorm con el grupo de Vimianzo. «E fago eu sola todo o papeleo».

A Vimianzo va una vez al mes, más o menos. Hace sus recados y vuelve a Castromil, a su reino. Su hija la llama a diario, explica María con vehemencia. Los nietos, cinco, también la visitan a menudo y, los días festivos, María intenta reunirlos a todos. Lo consigue con frecuencia. Así que me vuelve a decir que está sola, pero no tanto.

-¿E non bota nada de menos?

-Bueno. Ter un pouco máis aos fillos e aos netos.

Me enseña el pequeño huerto que tiene detrás con unos frutales que le dan manzanas, peras y kiwis. Y las quince gallinas, que ahora están recogidas en el corral y que surten de huevos a toda la familia y a más que hubiera.

A Castromil, el panadero llega a diario. El pescadero varias veces por semana, igual que un supermercado ambulante donde María se surte, entre otras cosas, de un refresco de limón que, confiesa, le gusta mucho. A la peluquería va una vez cada tres meses, a cortar y teñirse el pelo, al médico, solo lo justo. No necesita ayuda para tener su casa limpia y aseada, ni para hacer cualquiera de las labores que ha hecho toda su vida. No es extraño que no quiera encerrarse en un piso.

La señora María es la madre o la abuela de toda Galicia. Debería estar en la bandera. Ha pasado toda su vida trabajando de lunes a domingo y ha levantado una familia con esfuerzo. Y ahora que puede bajar el ritmo, que aún tiene salud, que está cerca de los suyos y hasta tiene la oportunidad de irse de vacaciones a Benidorm, ¿por qué iba a tener miedo?

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