13 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El Danubio, dice Claudio Magris, nace prácticamente en un caño del grosor de un grifo y, alimentándose de afluentes, va engordando y ampliándose hasta alcanzar una longitud de 2.888 kilómetros, atravesando diez países, la Alemania de Merkel, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumanía, Bulgaria, Moldavia y Ucrania, donde finalmente desemboca. El nacimiento de este río puede a muchos pasar inadvertido, como están pasando inadvertidas, o no se quieren advertir, las personas que, todos los días, desde todos los puntos de Galicia, y en una media de setenta por jornada (la mayoría tienen entre 25 y 39 años), emprenden un viaje, muchas veces sin retorno, hacia la emigración. Descartando al puñado de personas que deciden salir porque quieren salir, lo cierto es que casi ninguno de ellos se marcha para formarse, como intentan justificar en la Xunta, sino, más bien, ya formados, se van para deformarse. Se van a la fuerza, muchos con un título, o dos, debajo del brazo, muchos para acabar, con suerte, en un minijob, para malvivir en habitaciones de alquiler compartidas con extraños porque aquí se les ha dicho por activa y por pasiva que no hay oportunidades. Los únicos brotes verdes que ven estos licenciados son los que, debido a la ausencia o a la imposibilidad de pagar la calefacción, se van formando por la escarcha en el alféizar de la ventana. Juntos, todos esos gallegos que se suben a un autocar, a un avión, a un taxi de larguísimo recorrido, forman algo así como un Danubio, un río de talento que se escurre sin que nadie lo evite por un desagüe que, para países como la Alemania por la que transcurre ese inmenso caudal, es una especie de premio gordo pues les llegan formados (y no han gastado ni un euro en ello), en plenitud de facultades y dispuestos para ser utilizados a volonté. Sorprende que Rodríguez Miranda, alto cargo de la Xunta, no muestre en absoluto preocupación por esta sangría, o la minimice, y ya no sorprende nada que eche la culpa de lo que pasa a quienes antes gobernaron por haber abierto el grifo demasiado (¿?), pues esta actitud del homo politicus es por desgracia común entre la generalidad de los responsables públicos de todos los colores y de todas las épocas. Nadie, pues, se ha tomado, se toma, ni tiene pinta de que se tomará, esta tragedia demográfica como un asunto de Estado, sino más bien como un argumento más para dormir la siesta y enredar un poco, no demasiado, no vaya a ser que se despierten los vecinos de escaño, en los plenos del Parlamento, donde sí, por descontado, existe la calefacción... Quizás estos señores se hayan hecho impermeables al asunto precisamente porque su puesto de trabajo solo existe si existen gallegos en la emigración, con lo que mirando Miranda para otro lado, su futuro, y el de sus sucesores, estará siempre garantizado. Respecto al futuro de Galicia, que es el que debería preocuparles, tiene el mismo color de los lugares donde nace y desemboca el Danubio, que son, por este orden, la Selva Negra y el mar Negro.