Malos tiempos para acercarse al nacionalismo

Feijoo parece dispuesto a jugárselo todo a un discurso de unidad nacional, incluso limando aristas al galleguismo. Y, si es necesario, plantándose ante Rajoy cuando llegue la hora de pactar con Artur Mas.


Madrid / La voz

Si algo hay que reconocerle a Alberto Núñez Feijoo es olfato político. Esa capacidad propia casi de meteorólogo para predecir por dónde va a soplar el viento es la que le permitió no solo situarse en el lugar preciso en el momento oportuno cuando llegó la sucesión de Fraga, que todos preveían catastrófica y que terminó siendo modélica, sino también sobrevivir e incluso crecer como presidente de la Xunta cuando todo jugaba en su contra. Fue ese instinto político innato el que le dijo que en las elecciones gallegas del 2009 lo que le convenía era hacer un tique electoral con Mariano Rajoy. El líder nacional del PP era por aquel entonces poco menos que un cadáver político del que casi todos huían y al que todos daban por amortizado. Pero Feijoo decidió jugársela junto a Rajoy y recorrerse entre los dos Galicia entera. De aldea en aldea fueron. Feijoo presentándose como el hombre humilde nacido en Os Peares y Rajoy como el gallego que ha hecho mundo pero se refugia en su tierra en los momentos difíciles. El resultado fue una inesperada mayoría absoluta que encumbró a Feijoo y relanzó a Rajoy, que salió catapultado hacia la Moncloa.

Cuatro años después, en el 2012, cuando más de uno le aconsejaba echarse en los brazos del ya presidente y todopoderoso Rajoy para revalidar su mayoría absoluta, Feijoo decidió hacer lo contrario. Pedir a su amigo que se quedara en casa y apareciera lo menos posible por Galicia durante la campaña. Los gurús de Génova recetaban lo contrario, pero Feijoo se mantuvo firme. Y demostró de nuevo que tenía razón. Se impuso con más rotundidad que en la primera ocasión.

¿Y qué le dice ahora la nariz a Feijoo? Que toca de nuevo poner tierra de por medio, no solo con Rajoy, sino con buena parte de los estrategas de Génova, que parecen abducidos por la idea de que es necesaria cierta manga ancha con el nacionalismo si no se quiere perder el tren. Feijoo mantiene por ejemplo buena relación cona la presidenta del PP catalán, Alicia Sánchez-Camacho. Pero cuando esta decidió hincar la rodilla ante el soberanismo y sumarse a la petición de una financiación propia para Cataluña, Feijoo soltó amarras. Incluso a sabiendas de que se trataba en realidad de una maniobra teledirigida desde Génova, se puso de frente y advirtió de que no contaran con él.

Feijoo parece tener claro que el futuro de los partidos nacionales no está en compadrear con el nacionalismo, sino en todo lo contrario. Lo acaba de ver este fin de semana con el encumbramiento de la socialista Susana Díaz, que ha plantado cara al líder del PSC, Pere Navarro, e incluso a Rubalcaba. El presidente de la Xunta parece dispuesto a jugárselo todo a un discurso de unidad nacional, incluso limando aristas al galleguismo. Y, si es necesario, plantándose ante Rajoy cuando llegue la hora de pactar con Artur Mas.

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