Nadie pasea ya en Lavandeira

Jorge Casanova
jorge casanova CABANAS / LA VOZ

GALICIA

El pueblo en el que fue asesinada Elisa Abruñedo vive con inquietud la ausencia de resultados en la investigación del misterioso crimen

08 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Hace hoy justo una semana, a media tarde, Elisa Abruñedo, una mujer de 46 años, esposa y madre de dos hijos, le preguntó a su marido si quería acompañarla a dar un paseo. Él dijo que no. Acababa de llegar del entierro de un hombre y su hija que habían fallecido días antes en un accidente de tráfico y prefirió quedarse en casa. Así que Elisa se anudó un suéter a la cintura y salió a caminar desde su domicilio en Lavandeira (Cabanas). Una vecina la saludó en un lugar cercano llamado Manxarín y, algún tiempo después, otro vecino la vio también en la carretera de Fene, a menos de 800 metros de su casa. Nadie más la volvió a ver con vida, excepto su asesino, que la mató de tres puñaladas.

El cadáver apareció muy cerca del último avistamiento, entre unas silvas, con la ropa revuelta y el aspecto de haber sido objeto de un crimen sexual. Aunque ni siquiera este extremo ha sido confirmado por la investigación, que avanza con total hermetismo. Por el momento, poco o nada ha trascendido. La Policía Científica desbrozó una cuadrícula en el lugar donde fue hallado el cuerpo, se llevó sus evidencias y rastrea las llamadas que se produjeron aquella tarde en la zona. Pero nada se sabe sobre hacia dónde apunta la investigación que ya ha rebasado el umbral de las 72 horas, que los expertos consideran esencial para resolver un crimen o, al menos, disponer de los indicios que conduzcan a su resolución.

«Miedo no, pánico»

Y el pueblo eso lo lleva mal. «Miedo no. Aquí hay pánico», admite José Manuel, un nativo del pueblo. «Piense que aquí sale mucha gente a pasear. Bueno, aquí y en todas partes». Tal cual. El crimen de Lavandeira reproduce la peor pesadilla de un ejército de gallegos y gallegas que salen a patear pistas y caminos solitarios cada día que lo permite el tiempo. Una pesadilla tan remota que no arredra a ninguno de ellos. Pero ocurrió. Elisa salió a pasear por caminos y lugares que conocía, a plena luz y, a un tiro de piedra de su casa, un enfermo la forzó y la mató.

Hay una variable que complica la resolución del crimen. Lavandeira, un pueblo pequeño con unos sesenta vecinos entre toda la población del entorno, es cualquier cosa menos tranquilo. Está atravesado por la AC-141 que comunica Cabanas con As Pontes y por la que se ha desviado una enorme cantidad de tráfico desde la entrada en servicio de la autovía entre Ferrol y Vilalba. El paso de vehículos ligeros y pesados es permanente. Así que cualquiera pudo haberse cruzado con Elisa, algo que muchos vecinos recuerdan antes de aventurarse a efectuar especulación alguna. Pero lo cierto es que hasta que no se resuelva el crimen, nadie estará tranquilo.

«Era la mejor madre del mundo», dice uno de sus dos hijos. «Un encanto de mujer», aporta una vecina: «Y una familia modelo». Es complicado saber más sobre Elisa, una mujer discreta a la que la mayor parte recuerdan, sobre todo, paseando. Trabajaba en un centro geriátrico desde hace años y muchas tardes salía de paseo. A veces con su marido, o con una amiga. Pero muchas veces sola. Muchos recuerdan haberse cruzado con ella, saludarla. Pero pocos algo más. Elisa no era una mujer parlanchina, sino más bien educada y discreta. De su casa y de sus hijos. Y de sus paseos.

«Isto foi unha salvaxada -comenta un jubilado en el único bar del pueblo-. Isto é moi tranquilo. Nunca ocorreu unha cousa así». El bar es también estanco y despacho de prensa y quinielas; lugar de paso. Así que en la breve charla de café aparece un precedente de hace 50 años, una joven asesinada: «Botárenlle a culpa a un cura, pero non se chegou a saber a verdade».

Rabia

Más allá del bar, las puertas están cerradas. «Eu xa non a deixaba nunca aberta, pero agora, menos», dice una mujer desde la ventana de su cocina: «A min xa me parece que tardan moito en coller ao asasino. Se non o fan, ninguén vai saír da casa». Hay quien dice que ya corre una iniciativa para salir a pasear en grupo porque, claramente, nadie se va a aventurar por los caminos de la parroquia en tanto no haya una solución convincente.

El otro sentimiento que se desprende de los vecinos de Elisa es la rabia. Enseguida aparecen los deseos de que el culpable sea castigado mucho más allá de lo que admite la Constitución. Pero el culpable no aparece. En el bar, un parroquiano aporta que en el crimen del no tan lejano municipio de Xermade, donde fueron asesinados un hombre y un hijo en su propia casa dejando malherida a la madre, las detenciones se produjeron semanas después. La regla de las 72 horas, eso también es sabido, no es infalible.

La familia sigue reclamando que cualquiera que pudiera haber visto aquella tarde algo fuera de lo normal, algún individuo sospechoso, algún coche parado en un sitio inusual, que lo comunique a la Guardia Civil, que parece centrar ahora su investigación en la revisión de las evidencias recogidas. Por la zona no se les ve en los últimos días. Tampoco ha sido hallada, que se sepa, el arma homicida. El temor de la población es que la investigación se enquiste y nadie pueda ya salir de casa sin evitar un ramalazo de miedo, más allá del dolor compartido por una vecina perdida en las circunstancias más dramáticas.