Ese impulso que puede más que la razón

La Voz

GALICIA

e nuevo Galicia arde. Siempre que nos enfrentamos a la plaga incendiaria surge la misma pregunta: ¿quién quema el monte? Sabemos que alrededor del 90 % de los incendios no se deben a causas naturales. Sin embargo, entre los incendios provocados, debemos distinguir entre los derivados de actos imprudentes (en torno al 25 %) de aquellos que son auténticamente intencionados. Cuando el fuego es el resultado de una imprudencia, el propio causante suele ser el que da el aviso y colabora en la extinción. Cuando el acto es deliberado, tendemos a pensar en tramas incendiarias con intereses y beneficios ocultos. En agosto del 2010, la Fiscalía del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia daba a conocer el resultado del estudio que había encargado sobre el perfil psicosocial del incendiario. Este perfil se correspondía mayoritariamente con el de un hombre analfabeto, o con escasa formación, que actuaba en solitario y residía en la zona del incendio. Igualmente, el informe descartaba la existencia de tramas organizadas.

Aunque un incendio lo organice un grupo (cosa al parecer poco frecuente), no podemos precipitarnos a hablar de tramas. El acto incendiario suele ser solitario y los estudios realizados sobre los fuegos provocados en Galicia destacan que en un 20 % de los casos no se encuentra una causa clara como pueden ser la venganza, el beneficio, o la piromanía. Son episodios «sin sentido», según la descripción literal de los estudios. Pero debemos saber que, cuando no hay causa, la causa es clara y no puede ser otra que la satisfacción destructiva. Para las personas habitadas por esa pulsión (que solo precisa de un mechero para realizarse) el impulso es irrefrenable y no admite el no.

El impulso puede más que la razón. Esta conducta subvierte el sentido común, por eso necesitamos elucubrar sobre tramas, conspiraciones, intereses ocultos de los cazadores, o de quien sea. Nos olvidamos de que Nerón incendió Roma por puro placer y que, después, ideó una conspiración para justificar su acto «sin sentido».