Que un ministro lograse dejar un Gobierno de Rodríguez Zapatero con mejor cartel del que tenía cuando entró constituye una hazaña prodigiosa. Tan prodigiosa que, probablemente, solo José Blanco puede vanagloriarse de haberla conseguido. Él fue capaz de salir razonablemente airoso de un lugar del que todos sus colegas lo hacían literalmente achicharrados.
Por eso, tras la victoria del PP, el lucense encaraba otros desafíos, entre los que la presidencia de la Xunta ocupaba un lugar fundamental. Blanco -que era, sin duda, el candidato más temido en el PP y por los dirigentes del PSdeG que albergaban sus mismas pretensiones- se hubiera convertido en la gran esperanza de los electores socialistas de no haberse cruzado en su camino el caso Campeón, que ha logrado derrotarlo.
Pero no en una lucha limpia, la que un ciudadano con derechos mantiene por demostrar su inocencia con un sistema judicial eficiente que lo imputa por entender que existen motivos para ello y que resuelve al respecto en un tiempo razonable. La lucha de Blanco, como la de tantos otros en iguales condiciones, está resultando completamente desigual, pues un imputado puede estar meses y meses en un limbo judicial en el que quien no ha sido procesado no es culpable? aunque tampoco es inocente. Tal situación bochornosa, que vulnera a fin de cuentas el derecho a la tutela judicial garantizado por la Constitución, es la que le ha doblado el espinazo a José Blanco.
Víctima de ella, el político socialista gallego ha acabado en la lona, aunque no estoy seguro de que la campana del final del combate haya sonado para él. Pues, o mucho cambian las cosas, o el PSdeG seguirá haciendo todo lo posible para perder las próximas elecciones autonómicas. Será, entonces, cuando quizá José Blanco decida llamar a la puerta, por segunda vez. Como el cartero.