Cuando Francisco Rodríguez salió el domingo de madrugada de declarar ante la jueza, alguien tenía que haberle dicho que si no dimitía sería peor. Deberían haberle explicado que el BNG le daría la espalda si no lo hacía, especialmente teniendo en cuenta que dos ex tenientes de alcalde nacionalistas de la capital tuvieron que dejar sus cargos al ser imputados en otro caso. También tenían que haber alertado a Rodríguez de que Pachi Vázquez aprovecharía para pasar la rebarbadora a un regidor como él, que se había enfrentado de manera directa con la dirección del PSdeG. Deberían haberle dicho que, si no dimitía, obligaría a sus concejales a posicionarse y que varios de ellos se bajarían del carro. Tenían que haberle explicado que así, además de perder él la alcaldía, la perdería también el PSOE. Tendrían que haberle dicho todo esto, pero no lo hicieron. Si lo hubieran hecho, Rodríguez no se habría aferrado al cargo como lo está haciendo, con el coste que su actitud dubitativa supondrá para su imagen pública. Habría dimitido y, si la Justicia le acababa dando la razón, podría volver triunfante. Ahora, ni así.