Para ser camarero en Londres primero hay que hacerse arquitecto en A Coruña, ingeniero industrial en Vigo o veterinario en Lugo. Estos son los auténticos premios fin de carrera de Galicia, aunque no haya políticos dispuestos a hacerse la foto con los galardonados. Después, con un poco de suerte, se puede llegar a poner cafés y limpiar mesas en una terraza del Soho. Mientras esto sucede, en el otro extremo de la Galaxia, en el Parlamento gallego, los diputados se enfrascan en un debate sobre el voto telemático de sus señorías. Los inhibidores de frecuencia situados en torno al edificio les impiden escuchar los sonidos del éxodo de toda una generación perdida. Para matar el tiempo, deciden aprobar otra moción sobre el Valedor do Pobo. En ese lapso, otros dos gallegos han hecho las maletas. Una conselleira interpreta esta versión 2.0 de la emigración gallega como un símbolo del espíritu aventurero de la juventud. No muy lejos del hemiciclo, en el que ya se considera el peor momento de la economía española en toda su historia, el titular de Cultura espera, con una sonrisa de oreja a oreja y una factura de 286 millones de euros, la llegada al Gaiás del visitante número... 23.