La mayor parte del bosque atlántico aparece incólume, pero la herida sufrida es palmaria
04 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.A mil quinientos metros de altitud, el impacto del incendio en las fragas del Eume parece otra cosa, no encoge tanto el corazón como en un paseo a pie. La enormidad del parque atempera la mancha de la zona siniestrada que, en muchos tramos, se oculta bajo las recalentadas copas de los árboles. Pero ni la primavera puede tapar la huella del fuego que, inopinadamente, aparece a los dos lados del estrecho cauce del Eume, marcando un recorrido imposible para un único foco, para un accidente.
Ayer por la tarde aún había helicópteros refrescando el campo de batalla, pequeñas chimeneas que justifican el estado de alerta. Las partes de monte bajo, en las cimas, son las que muestran peor aspecto. Sobre algunas de las laderas, singularmente la que desciende desde A Capela, se ven eucaliptales en pie, pero fritos por el incendio. El eucalipto nos deja ver el suelo negro, pero el bosque atlántico lo oculta bajo su frondosidad.
La mayor parte de la fraga, una profunda hendidura en verde, se muestra incólume; el efecto de desolación se relaja desde el aire, donde la mordida del fuego se aprecia con mucha menos intensidad que desde el suelo. Ocurre lo mismo con la belleza del parque, descomunal a pie de río, mucho menos emocionante a un kilómetro de altura. Desde las nubes, luce más el caprichoso cauce del Eume y los meandros del embalse, recortados en amarillo por la sequía.
La fraga no está muerta, saldrá viva de este envite. Pero no se puede negar que ha sido herida. Se ve desde el suelo y desde el aire.