El declive del «último cacique»

La Voz MIGUEL ASCÓN. OURENSE

GALICIA

25 ene 2012 . Actualizado a las 10:11 h.

El 10 de octubre del 2010, cuando José Luis Baltar Pumar cumplía setenta años, lo celebró por primera tras abandonar la presidencia del PP ourensano. El congreso que el partido organizó el 30 de enero de ese año nombró a su sustituto tras 18 años en el cargo. Fue el primer paso en su retirada de la primera línea política ya que, según dijo entonces, su intención era dejar también la Diputación, que gobierna desde hace 22 años.

En su cuenta de resultados quedarán incontables victorias electorales que se han ido desinflando con el tiempo y una capacidad de influencia política también mermada en los últimos años. Se despide así el último cacique, un término que ni él mismo rechazaba. De hecho, en la campaña de las últimas elecciones autonómicas arremetía contra los desmanes de socialistas y nacionalistas diciendo que «aprenderon do mellor», en referencia a sí mismo.

Su amplia experiencia en el mundo público sirvió para construir su modo más que personal de gestión. Comenzó desde abajo, como alcalde de Nogueira de Ramuín, municipio al que llegó desde Esgos para ejercer como profesor. Franquista primero y después centrista con UCD y nacionalista con CG, llegó al Partido Popular cuando Centristas de Galicia se integró en la formación. Pronto tomó protagonismo en el PP, asumiendo la presidencia de la Diputación en enero de 1990 y la de la gestora provincial del partido en 1991, hasta que en el 92 ganó su primer congreso.

Desde entonces, Baltar se reveló como un inteligente estratega, capaz de ganarse el apoyo de sus compañeros a base de favores. Pocos son, de hecho, los alcaldes que no tienen familiares trabajando en la Diputación, cuando no son ellos mismos los empleados provinciales. En las últimas plazas convocadas por la institución, por ejemplo, hubo un 65% de opositores que obtuvieron un cero en las pruebas, dejando vía libre así a otros aspirantes. En la longevidad política de José Luis Baltar ha influido también su habilidad para evitar que otros le hicieran sombra.

La rebelión de 5 diputados ourensanos que instigó en el 2004 fue su momento más polémico

Así, el aún presidente provincial del PP diseñó en solitario las listas electorales colocando en los números uno a hombres y mujeres de paja. Además, consiguió quitarse de encima a personajes incómodos para él como Victorino Núñez o Manuel Cabezas. Baltar lo controlaba todo -hasta los envíos de sal para las heladas pasan por sus manos- y trabajaba incansablemente. En campaña podía llegar a participar en seis mítines diarios y siempre se llevaba los mayores aplausos.

Se ha granjeado la complicidad del votante rural porque le habla de tú a tú, porque al llegar a un acto saluda a todos aunque solo reconozca a casi todos. A pesar de sus éxitos, los últimos años de Baltar han tenido más sombras que luces. Al progresivo debilitamiento de los resultados electorales del PP hay que añadirle decisiones polémicas de gran trascendencia. Desde Ourense instigó en el año 2004 la rebelión de cinco de sus diputados en Santiago encabezados por su hijo, José Manuel Baltar, para presionar a Manuel Fraga tras la defenestración de José Cuíña.

La escisión planeó sobre la formación, pero las aguas volvieron a su cauce. Si con Manuel Fraga la relación acabó así, no es mejor la que ahora Baltar tiene con su sucesor al frente del PP de Galicia, Alberto Núñez Feijoo. El presidente provincial apostó por otro candidato, y el autonómico no ha olvidado que en las elecciones del 2005 Baltar le envió a otra provincia porque no lo quería en las listas ourensanas. Ya en el año 2009, con Feijoo reforzado, no pudo diseñar la candidatura a su gusto y ni tampoco un porcentaje de conselleiros como hacía con Fraga.

Así, con una influencia política y unos resultados electorales mermados con el paso del tiempo, se despide el último cacique.