La crisis abierta hace una semana en la dirección del PSOE gallego con el método asimétrico que escogió el secretario general, Pachi Vázquez, para aplicar las reglas contra la acumulación de cargos, colocó a este partido en una situación como la de Irlanda, con el riesgo de desplomarse orgánicamente a cinco meses de las municipales y con los alcaldes temblando por la suerte de sus inversiones electorales. La perspectiva no era halagüeña. Incluso el PP evitó interferir para no servir de argamasa de los socialistas. La intervención se canalizó a través del teléfono móvil del número dos del partido y ministro de Fomento, José Blanco, que asumió el rol del Banco Central Europeo para intentar llegar con una estabilidad aunque fuera forzada a la cita con las urnas.
El papel regulador de Blanco, el verdadero Blanco Central socialista, fue determinante para reconducir la situación y frenar la crisis de liderazgo en la cúpula del PSdeG. Con las llamadas selectivas a alcaldes como los de A Coruña, Santiago, Lugo o Vigo, y con su influencia sobre dirigentes como Gómez Besteiro, presidente de la Diputación de Lugo, o Margarita Pérez Herraiz, coordinadora de los socialistas gallegos en Madrid, Blanco lanzó una operación de urgencia para salir al rescate de Pachi Vázquez y despejar la amenaza de un congreso en tiempo electoral, que destrozaría las perspectivas políticas de muchos alcaldes.
Solo así es posible entender el consenso aparente que se recuperó en el seno de la ejecutiva del PSdeG, que el pasado jueves llevó a Pachi Vázquez a proclamar que había una «unanimidade do 100%» en torno a sus propuestas, pese a que cinco días antes distaba mucho de tener la mayoría suficiente para sacarlas adelante.
Bugallo, perplejo
El principal efecto colateral de la intervención blanquista fue la caída de Fernández Leiceaga como portavoz parlamentario, y la consiguiente «perplexidade» que este sacrificio suscitó en el alcalde de Santiago, toda vez que Leiceaga ya había sido elegido por Pachi Vázquez y Ricardo Varela, la doble V que dirige el PSdeG, como el cabeza de turco para laminar a un grupo alternativo que, llegado el caso, temían que pudiera disputarle el control del partido.
A la decapitación de Leiceaga probablemente le seguirá dentro de unas semanas la del secretario provincial de Pontevedra, Modesto Pose, o la de diputados como Mar Barcón (A Coruña), José Manuel Lage (Barbanza) y Beatriz Sestayo (Ferrol) -todos ellos con rango de viceportavoces-, que podrían ser descabalgados de la permanente del grupo parlamentario que formará el vigués Abel Losada.
El arbitraje de Blanco le permitió a Vázquez y Varela dar un golpe de autoridad en la cúpula del PSdeG que tuvo al alcalde de Vigo, Abel Caballero, como su mejor aliado, y que acaba recogiendo la recompensa en forma de portavocía en O Hórreo.
La sensibilidad del partido bascula claramente hacia el sur, hacia el grupo que pugnó por hacer una fusión financiera a la medida de Caixanova, y el hecho de que Fernández Moreda aparezca como aliado circunstancial, rompiendo incluso lazos con la otrora fiel Beatriz Sestayo, responde únicamente a su necesidad de reunir apoyos para seguir en la cúpula de la nueva caja.
El tiempo dirá si la intervención aplacó de verdad la crisis socialista o si el grupo alternativo encontrará un nuevo pretexto en los resultados del 22 de mayo para decirle a Vázquez que, más allá de los localismos y el machete, hay otra forma de hacer las cosas.