Crece el número de familias que rechazan ayuda profesional para cuidar a sus mayores. Afrontan con sus propios medios una tarea muchas veces descomunal
07 nov 2010 . Actualizado a las 02:00 h.A los dos hermanos de Mari les pasó lo mismo. A uno con seis meses y a otro con diez. Con once años de diferencia. Enfermaron, tuvieron fiebre y acabaron postrados en una silla o en una cama para el resto de su vida. Mari, 49 años, expone el relato desde la cocina de su casa, en el centro de Camariñas; una cocina donde cabe poca gente y que está tomada por una mesa, una cama, un sillón y unos armarios. En la cama duerme Juan, el hermano mayor; Mari, en el sillón. Y enfrente, en el salón que hay al otro lado del pasillo, la madre de ambos, postrada y enferma de cáncer. Un cuadro.
La vida de Mari es la de muchos gallegos, gallegas casi todas, que dedican todo su tiempo al cuidado de familiares enfermos. Son dependientes de los dependientes, muchos de los cuales esperan todavía el apoyo de una ley que camina muy despacio y que apenas palía una vida plena de tristeza y ausente de horizontes.
Hasta hace poco más de un año, a los dos dependientes que Mari cuida 24 horas diarias («Día e noite, noite e día», dice Mari), se unía el hermano pequeño, que falleció y que hacía años que no podía levantarse de la cama por sí mismo. El censo del domicilio lo completa su padre, de 80 años, que, afortunadamente, se vale por sí mismo, pero que no puede ayudar. La ley de dependencia contribuye a mejorar las condiciones de vida de esta familia con 296 euros mensuales.
Nervios de luto
Mari está desesperada. Enlutada y nerviosa explica el calvario que ha supuesto tramitar los papeles para su madre, a quien le denegaron la ayuda hace cuatro años. Ahora espera una nueva valoración: «Dixéronme que pasarían hai oito meses, pero non viñeron. Ás veces parece que están esperando que morra a xente para non ter que pagar», se queja.
En la cocina, entre medicamentos y con una mano apoyada en su hermano que nos mira (¿nos entiende?), explica cómo la vida le fue dando cartas difíciles: siempre cuidando de sus dos hermanos, se casó con 19 y el marido le salió bala: «Era un putero», recuerda. Ni a salir de casa le dio tiempo. Siempre entre esas cuatro paredes, siempre pendiente de los chavales, últimamente también de su madre, que nos escucha desde la otra habitación y, de vez en cuando, se hace notar.
«Ao súper, ao médico e á farmacia», esos son los tres sitios que visita desde hace años: «E o cemiterio, que para ir téñome que escapar e subir a costa, que chego sen alento». Mari, que hasta el fallecimiento de su hermano ingresaba 345 euros más por la ley de dependencia, dice que nunca se planteó cobrar la equivalencia de la ayuda en un servicio profesional, en alguien que la ayudara con su familia y le permitiera un respiro: «Prefiro os cartos, e se teño que contratar a alguén, contrato eu». Pero no ha contratado a nadie. Ni siquiera la ayuda a domicilio del Concello. Dice que, para lo que la ayudan, es mejor que no vengan.
Mil tareas
Y así suma días y noches, administrando pastillas, dando comidas al uno y a la otra, bañándolos, limpiándolos, controlándoles la glucosa (son todos diabéticos), saliendo de vez en cuando al hospital a toda pastilla, asistiendo al deterioro implacable de mamá y olvidando el último mendrugo de tiempo personal que pudo disfrutar:
-¿Se acuerda de la última vez que fue a comer fuera de casa?
-¡Uuuuhh. Nin me acordo, chico! Pero non me ves que non podo nin ir á peluquería para teñirme.
Y se mesa el tupé de una melena veteada de canas y que algún día, lo veo en las fotos del pasillo, fue negra como la noche. Y pese a todo, Mari no se queja de lo que le ha tocado vivir, pero sí de la desigualdad. Habla de gente que hace vida por la calle y está cobrando por la ley de dependencia, mientras ella se multiplica para que todos en su casa puedan vivir con dignidad y sufre los regates de la Administración.
Seguramente, ella también es diabética, pero no ha querido averiguarlo: «Canto máis tarde en pincharme máis tardarei en sabelo».
Siempre acelerada, siempre con prisa, su futuro siempre es a corto plazo. Sin embargo, su padre tiene 80 años y su hermano, 53. Es muy posible que los sobreviva a ambos.
-¿Alguna vez piensa en ese momento, en un futuro en el que casi todo el tiempo sea para usted; cree que eso llegará?
-Si, chegará. Cando estea no cemiterio.