Para llegar a la AP-9, los vecinos de Culleredo (más de 30.000) tienen que atravesar su propia travesía del desierto: un surtido de glorietas colocadas sin ton ni son por la geografía local que desembocan en un puente de solo dos carriles, uno por sentido, en la tristemente famosa, por colapsada, Costa da Tapia. Todo lo que uno puede ahorrarse en tiempo en la AP-9 lo consume intentando llegar a ella. Algo similar sucede con el viaje de A Coruña (246.000 vecinos) al aeropuerto de Alvedro, y viceversa, que tiene uno de sus peajes en los legendarios semáforos de Vilaboa. Contar cómo es un viaje a Santiago sin pasar por la caja de la concesionaria sería casi tan agotador como aventurarse a hacerlo en coche. Son las paradojas de esta tierra: vías más o menos rápidas, más o menos seguras, infraestructuras más o menos punteras, mezcladas como en un ovillo de pura lana virgen con corredoiras heredadas de la Guerra de la Independencia. Así transcurren nuestros episodios nacionales: empresas y particulares que tienen que soportar inauditos sobrecostes diarios por una planificación a salto de mata, al albur de cada cita electoral: ahora pongo un viaducto por aquí, ahora planto una glorieta más allá, aquí quedaría bien un carril bici... Sí, pueden prometer. Y prometen.