Los gallegos de Argentina se apoyan en la prestación asistencial que les llega de España para cubrir sus necesidades básicas, porque la del país americano no es suficiente
11 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Al final del largo pasillo de la planta baja del Centro Gallego de Buenos Aires, más allá de los bustos de Castelao y Rosalía y después de atravesar la atestada farmacia y las consultas médicas, unas escaleras llevan al lugar en el que la Quinta Provincia se encarna en sus protagonistas más genuinos. Se trata del centro de día, donde treinta ancianos comparten la jornada entre actividades lúdicas y de terapia. Llegaron hace décadas y formaron en Argentina una colectividad que ahora, como el resto del país, avanza entre sombras y sentencias de resignación aprendidas con la experiencia: «Estamos mal, pero podíamos estar peor», resumen a coro, después de desmenuzar, cifra a cifra, sus cuentas domésticas, dependientes casi siempre de dos fuentes de ingreso.
«Yo cobro la jubilación mínima argentina. Con eso me pago la cuota del servicio de salud privado, los medicamentos, el transporte y las facturas. España me da una pensión asistencial con la que como, y así llevo la vida como puedo», dice Carmen Lariño, de Corcubión, 54 años en Argentina. El testimonio lo repite casi punto por punto Delia Fernández, de Poio. Emigró hace 70 años y ahora, con 80, se las arregla para estirar los billetes. «Con mi edad tengo que ir en taxi, no puedo andar en autobús. Y no para de subir, no sé cómo hacer. Además, ya hace tiempo que nos olvidamos de cosas que estábamos acostumbrados a comer, sobre todo en las fiestas, cuando queremos hacer platos gallegos», añade.
Los jubilados comparten sus relatos, al fin y al cabo un manual de la historia gallega y argentina, interrumpiéndose para aportar datos: «La mayoría trabajamos toda la vida, pero muchos nos encontramos con jubilaciones mínimas», asegura uno. «A Argentina le agradecemos todo, pero con estos precios no nos podemos mover», sostiene José Otero, de Viveiro, quien reconoce que la mayoría de gallegos viven mejor que los argentinos.
Inflación disfrazada
Entre todos, una jubilada se destaca declamando datos económicos de memoria. María Esther Abeijón, de Noia, dice que «la inflación está disfrazada. Y así, aunque a nosotros este año nos aumentaron las pensiones un 15%, no nos llega con el 30% al que llegan los precios». Al mismo tiempo, destaca una diferencia con las peores épocas: «En el 2001 estaba todo parado, no había trabajo, y aún encima los precios eran altos, era muchísimo peor. Ahora hay trabajo, no hay mucho paro, pero el sueldo no te alcanza para nada, y las pensiones, menos», completa.
Los asiduos al centro responden casi siempre al mismo perfil: viven con sus hijos pero pasan el día en este remanso de paz donde juegan, bailan, cantan, hacen teatro y también comen. Eso sí, al caer la noche vuelven a la realidad del país. «Es una fortuna venir aquí. Dentro de lo que pasa en Argentina, algo es algo», asegura Ascensión Bonigno, una lucense criada en el barrio coruñés de Monte Alto.
Por eso también agradecen las pensiones que ofrece el Estado español, aunque quieren dejar un mensaje: «Si tengo derecho a votar también tengo derecho a otras igualdades», asesta Abeijón. «Quizás algunos piensen allá que les sacamos la plata, pero se tienen que acordar que mucho de lo que sacábamos acá iba para allá», añade Otero.
Carmen Lariño, marisqueira en los años 40 y 50, remarca las diferencias entre una y otra orilla del Atlántico al cabo de los tiempos: «Nosotras trabajábamos con la peor ropa y sin seguridad social ni salario. Ahora en la tele veo a las marisqueiras con botas de goma. No envidio, pero la gente debería entender cómo y por qué vinimos aquí».