EL mapa superior izquierdo del Ministerio de Medio Ambiente divide España en cuadrículas exactas, a las que le asigna una escala de color de acuerdo con los incendios provocados por rayos en los últimos años. El mapa superior derecho es idéntico, salvo que el color de cada cuadrícula no representa los fuegos causados ni por rayos, ni por truenos, sino por incendiarios tronados. La conclusión parece evidente: somos autodestructivos. El jueves comenzará el verano y algún ciclo seco vendrá que traerá incendios, de los cuales en Galicia el 80% -el 84%, según la media de diez años- serán provocados por nuestros paisanos. El índice de intencionalidad es el doble, el triple, el cuádruple... que en cualquier otro lugar de España y Europa, salvo la provincia vecina de Zamora. Hasta hace dos veranos, la explicación era sencilla: la culpa, de Fraga. Pero el monte arde igual sin él, porque lo prenden. Esa fue la primera lección que recibieron Touriño y Suárez Canal el pasado verano. Zarandeados como un barco a la deriva, este invierno han dado un golpe de timón para tratar de enderezar el rumbo, han abandonado la demagogia de los tiempos en la oposición y han dado la espalda a las teorías estrafalarias de tramas contra el bipartito enhebradas por la intelectualidad adscrita. Al margen de la nota de color de las camisetas de los voluntarios por el monte, este verano regresa el Ejército, se endurece la persecución policial y judicial, se aplica la contención informativa para evitar el efecto contagio, y se impone la limpieza en zonas habitadas y carreteras, hasta el punto de que los de la AP-9 han entrado por el aro. Ley, orden, mucha Guardia Civil, y concienciación. Por separado, con menor o con la misma intensidad, después de otras crisis incendiarias, en el fraguismo también hubo una reacción política para combatir lo que a unos le puede parecer un afán autodestructivo y a otros, más rigurosos, una cultura del uso del fuego atrasada y alimentada por el abandono masivo de propiedades poco rentables o de dueños desconocidos. Este verano, el bipartito está aparentemente más musculado, pero para que cambie la escala de colores de las cuadrículas gallegas de los mapas de incendios provocados por rayos o por tronados deberán pasar años. Tantos que, seguro, para entonces ni se recordarán los cielos de ceniza del último agosto.