UN EQUIPO de fútbol es un sentimiento. Un estado de ánimo. Una cadena entre generaciones. Algo hermoso. El Dépor es más que un club de A Coruña, donde nací. Es el equipo de mi barrio. Pasé mi infancia en Riazor. Desde la cuna oía los goles. Salía del cole e iba a ver cómo Melo y Sertucha entrenaban a Buyo. Disfruté con los momentos de gloria, los títulos. Pero el espectáculo de culebrón que da la directiva de Lendoiro es tan deplorable que es mejor que el Dépor vuelva a ser el de Ipurúa. Prefiero un Dépor humilde, el amor llano por el azul y blanco, que a mi Dépor pudriéndose en las páginas de sucesos. Esta directiva mancha al Dépor y a una ciudad. Humilla un sentimiento. Doblega el sentido común. Sólo espero que la justicia no sea tan ciega como la pintan y que paguen por tanta decisión caprichosa, arbitraria, oscura. Más allá del precipicio está el vacío. Morir matando es de desesperados. Saturno devorando a sus hijos. La culpa no puede ser siempre de los demás.