Los veinte ancianos evacuados, entre ellos el intoxicado por el humo, descansaban o jugaban a las quinielas en la enfermería
21 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Un fuerte olor a quemado impregna los pasillos de la primera planta del asilo de la tercera edad de Santa Marta de Alcabre. Es inevitable pensar en el fuego del pasado martes que obligó a evacuar las instalaciones. «Este olor seguirá mucho tiempo. El susto fue muy grande. Gracias a Dios que no pasó nada», celebra la madre superiora sor Nieves, de la orden de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. En el salón de la enfermería, en la primera planta, descansan una veintena de ancianos en sillas de ruedas que fueron evacuados en el incendio. Algunos rellenan una quiniela ayudados por el arquitecto jubilado Francisco Cominges y el árbitro Carlos Rabadás, miembros de una peña que los visita todos los lunes. «Hace unos años, nos tocaron 24.000 euros», comentan mientras otro reparte galletas. «La mayoría sólo se acuerdan de la alarma. Pocos tienen su mente lúcida. Algunos nos decían: "Llévenme a mi casa"», relata una monja. Los evacuados pasaron la noche en el ala femenina con unos colchones que las hermanas tenían de reserva. No fue precisa la ayuda del Concello. En los pasillos varias empleadas ordenan las ocho habitaciones afectadas por el humo y limpian los pasillos del ala masculina, con el falso techo desmontado. Es la zona cero del asilo. En la habitación 120, foco del fuego, los obreros recogen los escombros. Un perito del seguro, acompañado por la madre superiora, revisa las instalaciones. Como si fuese un forense del CSI comenta que la llama creó una «V» en la pared, cerca del cabecero de la cama. «Parece que ha sido fortuito», concluye. La policía científica cree lo mismo. El autor del fuego El paciente de la habitación incendiada, Manuel, estaba sentado en una silla del salón. Éste niega que el fuego comenzase por una colilla mal apagada. «No me quedo nunca con el cigarro», mantiene. Luego, éste muestra su tobillo vendado y relata el miedo que sintió al verse rodeado por el fuego. «Andaba cojo y no podía correr. ¡Cómo iba a correr si no podía! Quería salir afuera, pero no me daba tiempo», relata. Unas enfermeras lograron rescatarlo. En el mismo salón estaba José Carlos Freijeiro, un jugador de baloncesto de 71 años, que fue hospitalizado el martes tras quedarse atrapado junto a su hija Pilar, de 40 años, en su cuarto lleno de humo. Ayer regresaba al salón. El anciano, vestido de chándal, padece alzhéimer y no puede contestar a las preguntas. Es su cuñada quien relata los hechos: «Su hija gritaba por la ventana porque no quería dejarlo solo, pero tampoco podía sacar la cama porque no cabía por la puerta», explica. Padre e hija tuvieron que ser trasladados al hospital Povisa por intoxicación leve. «Mi sobrina casi estuvo a punto de sufrir un infarto del susto», relata aún conmocionada. Una monja en los pasillos no podía más que respirar aliviada: «Si esto llega a ocurrir de noche, no quiero saber lo que hubiese pasado». La vida sique en el salón del asilo. Es difícil mitigar el aburrimiento tantas horas. Las enfermeras entran y salen y trasladan en grúa a algún paciente. Allí se encuentran un músico luso al que ya no le queda fuerza en los pulmones para su armónica. También Manolo, que apuesta en la quiniela a que el Celta empatará hoy 1-1 con los rusos en Balaídos. Alguien pregunta a Antonio el portugués cómo está, y él contesta: «Comme si, comme ça» (Así, así).