El problema nació ya en la génesis del edificio, en los bocetos. Un arquitecto muy audaz, que concibió un proyecto demasiado adelantado para su tiempo, excesivamente experimental para las posibilidades económicas de la ciudad y el pequeño país. El arquitecto tenía un sueño legítimo ¿Pero de dónde se sacaba el dinero para hacerlo tangible? ¿Valía la pena saquear las arcas públicas cada año para levantar una mole de pliegues imposibles, un gigante pétreo con cuevas subterráneas y fantasías en relieve en su piel? Hablamos, claro, de la Sagrada Familia de Barcelona, la obra que inició Gaudí en 1883 y que dejó inconclusa a su muerte, en 1926. Un edificio que hoy avanza lentamente merced a las donaciones. Porque, por supuesto, la Administración catalana no se gasta un duro en culminar una obra imposible.