El hallazgo en el mar de Oia de una botella con una carta enviada desde Canadá hace un año permite que se conozcan dos familias separadas por 4.500 kilómetros de distancia
03 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.La casualidad ha querido que la familia de María Isabel Vicente Refojos, del municipio pontevedrés de Oia, tenga ahora unos amigos para toda la vida a 4.500 kilómetros de distancia. Quién iba a decirles que algún día iban a intimar con otra familia de Petty Harbour, una villa pesquera de la provincia de Newfoundland, ubicada en el punto más al este de Canadá. Todo gracias a una botella de plástico que se desplazó arrastrada por la marea durante meses a lo largo del Atlántico, hasta llegar a la costa rocosa de Mougás. La historia comenzó el cinco de febrero del año pasado. Ese día Janelle Williams, una niña canadiense de siete años y su hermano Shane, de tres, arrojaron al mar el envase con el mensaje en inglés que había escrito su padre. Pedían a la persona que la encontrara que contestara, porque querían saber todo lo lejos que podía llegar. Diez meses después, a unos 4.500 kilómetros de distancia, durante el festivo del 6 de diciembre, Jorge, un chico de 12 años de Oia, tras mucho insistir, convenció a su madre María Isabel y a su tío Secundino para salir a dar una vuelta por las rocas. «Paseamos con frecuencia por las rocas, porque a mi hijo le encanta ir al mar a buscar cosas», comentaba ayer esta mujer, que es natural de Baiona. ?Envase precintado Aquella tarde, frente a su casa, en la zona de punta Orelluda, les llamó la atención una botella de plástico que tenía algo en su interior. Estaba sellada con cinta aislante y tuvieron que esperar a llegar a casa para poder cortar el envase y sacar el papel. El mensaje en inglés era perfectamente legible porque se trataba de un papel impreso de ordenador. Los autores de la misiva habían dejado un número de teléfono, una dirección postal y otra electrónica. Días después enviaron una carta de respuesta acompañada por una felicitación de Navidad. Ambas familias no han perdido el contacto desde entonces y se han intercambiado fotografías, monedas y muchas cartas a través de Internet. La manera tan fortuita de conocerse tuvo eco incluso en la prensa regional del este de Canadá, que publicó una fotografía de la niña que tiró la botella al mar con el mensaje original, y que después le reenviaron sus nuevos amigos de Oia. Pero la casualidad no terminó ahí, porque aquella tarde del 6 de diciembre no sólo encontraron una botella con mensaje, sino dos. ?Segundo mensaje Ambos envases estaban separados entre sí a menos de un metro de distancia. La segunda botella era de cristal de color verde y estaba cerrada con un tapón de rosca. Dentro había una carta escrita a mano en alemán y fechada el primer día de octubre del año pasado. La persona que la escribió decía estar sentada en un lugar cualquiera a la orilla del río en Lisboa. Sin embargo, María Isabel Vicente no ha podido contestar a esta segunda carta porque el remitente sólo aportó una dirección de correo electrónico y la letra resulta ilegible. No es la primera vez que encuentran mensajes de este tipo entre las rocas de Mougás. Hace años también hallaron otra botella con una misiva, pero nunca llegaron a contestar. Es lo que tiene vivir en Oia, un municipio bañado por el océano lo largo de sus más de 15 kilómetros de costa. El mar abierto nunca dejará de sorprender a los vecinos de este lugar del sur de Galicia.