La Ley de Dependencia es la mejor noticia del año. Por eso, los ciudadanos no entenderían que acabase en frustración
15 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Oculta en el pesado tráfago de choques mediáticos en que se ha enzarzado la política española, está viajando, como de incógnito, otra forma de entender y organizar la sociedad a la que casi nadie le presta atención. Se trata de un intento transformador de grandes proporciones, que por sí solo justificaría la acción de un Gobierno. Porque, como sucede siempre con los cambios cualitativos, una vez impuesto ya no tiene marcha atrás. Se trata, nada menos, que de crear el cuarto pilar del Estado del Bienestar. Si la conversión de la Seguridad Social en un bien universal fue algo trascendente para la sociedad española, lo que ahora pretende el ministro Caldera con la Ley de Dependencia no le va a la zaga. Y ya era hora. Ya era hora de que, entre tantas prohibiciones y limitaciones de nuevo cuño, naciese un nuevo derecho, limpio y reluciente. Ya es hora de que nuestra ficticia sociedad desarrollada deje de jugar a las trampas con los ciudadanos. Porque, hasta ahora, el verdadero soporte de la denominada sociedad del bienestar no lo está siendo el Estado, sino las familias. Ellas son el colchón que aguanta de las personas que sufren el paro de larga duración, de las que no encuentran sitio en el mercado de trabajo, de los jóvenes que se hacen viejos esperando a emanciparse y de los mayores que, como los niños, no pueden quedarse ni un momento solos. Cualquiera que tenga que enfrentarse a una sola de estas cotidianas situaciones sabe muy bien qué solo está. Y cómo se siente de burlado cuando el Estado presume de lo que no hace. En esto sí que el Gobierno se ha metido en la boca del lobo. Porque no puede crear la ilusión de que por fin va a arreglar un problema muy grave, y luego dilatar la solución, hacer de trilero con las expectativas sociales o descafeinar el resultado. Aquí sí que queremos café para todos. Y bien cargado, por favor.