Dulces sueños en el aeropuerto

GALICIA

ÁLVARO BALLESTEROS

Una venezolana de 28 años, que dice haberse quedado sin dinero, se ha convertido en una versión de Tom Hanks en Lavacolla, donde ha pasado cinco días

25 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

En un aeropuerto se cruzan las vidas a mucha velocidad: esa gente que corre, que habla por teléfono y que mira al horizonte esperando algo siempre tiene una historia que contar. La impersonalidad de una terminal quedó inmortalizada por el apátrida Tom Hanks en la célebre película, pero esa enternecedora peripecia ha volado de la ficción a la realidad y ha aterrizado en Lavacolla, un pequeño aeródromo poco acostumbrado a los sobresaltos. Quien la escribe es una joven venezola, que dice llamarse Natiuska y tener 28 años, y que lleva cinco días durmiendo en el aeropuerto compostelano a la espera de que salga su vuelo. A Lavacolla habían llegado antes náufragos, emigrantes, fútbolistas y algún que otro famoso, pero nadie había convertido sus instalaciones en un hogar provisional. Esta mujer de pelo rizo y tez oscura ha deambulado de un lado a otro de la terminal durante tantos días que ha despertado la inquietud de la limpiadora de siempre, de la dependienta de siempre y de la camarera de siempre. Todo un enigma Desde el pasado viernes, esa mujer ha dormido en una sala de espera de la parte de arriba del edificio con una manta que le prestó un policía nacional. Cuando bajaba, los corrillos se formaban inquietos por la gran duda de quién sería y por qué dormía ahí. Las respuestas salieron ayer a la luz: esta joven, según dice, es profesora de inglés en Venezuela y ha venido a España a hacer turismo. Primero voló de Caracas a Madrid y luego fue a Barcelona, desde donde cogió un tren con destino a Vigo. Quería visitar Galicia y se encontró con un amigo en Pontevedra. A los pocos días, se dio cuenta de que no tenía dinero y le pidió a su madre que le enviara cuartos a un banco de Tenerife, donde tiene unos conocidos. Con ese giro, estos amigos le compraron un billete de Santiago a Tenerife para la madrugada de hoy, pero no pudieron enviarle el dinero para que fuese capaz de vivir todos estos días. Esta historia, rocambolesca y plagada de interrogantes, es la que esgrime Natiuska para explicar por qué se ha visto obligada a acampar cinco días en el aeropuerto. En todo este tiempo, la joven ha pasado mucho frío y ha sufrido los zarpazos de la soledad. «Me he aburrido durante horas y horas- dice-, pero me he encontrado gente maravillosa; especialmente los policías, que me compraban alimentos y me daban productos de higiene; hasta me he podido asear en el baño de sus propias dependencias». Natiuska, cuyo vuelo salió hoy de madrugada de Lavacolla, asegura haberse quedado sin dinero. Ni un céntimo para bajar a Santiago y ver la ciudad. Ni para pedir ayuda de otro modo. Toda una profesora sin una tarjeta de crédito. Quizás provenga de una familia humilde. Tal vez sólo haya contado una parte de verdad. Sea como fuere, todo ese cúmulo de contradicciones dan al personaje y a su vivencia todo un aire enigmático, que convierte una tediosa y prolongada espera en el ingrediente perfecto para escribir sobre la vida y todo su elenco de rostros: de la suerte a la soledad, de la alegría al hambre, del frío al sueño. Pocas horas antes de salir su vuelo, Natiuska se sentó en la cafetería de Lavacolla, sacó un bolígrafo y un papel y contó todo un apasionante relato de su viaje, aderezado con el humor caribeño. «¿Sabes una cosa? los policías me han dado la vida, pero me he encontrado personas a las que les gusta mucho el chisme». Tras esta frase, la joven abrió el bolso y cogió una caja roja, perfectamente envuelta. Era un regalo: la esposa de uno de los policías la quiso despedir con unos bombones. De la historia de Natiuska se desprende que en Lavacolla pasan pocas cosas raras y que los gallegos parecen un poco cotillas. Aunque al menos son magníficas personas.